La Nueva España » Cartas de los lectores » Fuera, pero nadie se enfadó

Fuera, pero nadie se enfadó

11 de Junio del 2026 - Isabel Díaz Haces (Oviedo)

He participado en la vigilia y en la misa con el Papa León XIV en Madrid estos días.

En la misa del domingo, muchísimas personas se quedaron fuera. Yo fui una de ellas, junto con mi familia, y detrás había cientos de personas en la misma situación: familias con niños pequeños, personas mayores que llevaban tiempo esperando, y jóvenes que habían ahorrado su propio dinero para poder viajar a Madrid con toda la ilusión de ver al Papa, algunos incluso desde otros países, después de horas de espera y bajo un calor intenso.

Lo que más me llamó la atención no fue el hecho de quedarse fuera, sino la forma en la que se vivió. Había una serenidad difícil de explicar. Una señora mayor me comentó con una sonrisa tranquila que había venido con varios amigos de su edad y que se habían levantado a las cuatro de la mañana para poder estar allí. Lo decía con una mezcla de cansancio y alegría. Le daba pena no poder entrar, claro, pero en ningún momento eso le cambió el ánimo ni le quitó la paz.

Un grupo de chicos jóvenes nos contaron que habían venido en coche desde su ciudad y que tampoco podían entrar. Y, lejos de quedarse en la queja, enseguida estaban buscando la manera de ver la celebración desde una pantalla cercana. Lo decían casi como una anécdota, sin enfado, sin darle más importancia.

Otro chico que venía con un movimiento religioso y que había estado cantando con sus compañeros todo el tiempo de espera me dijo con total naturalidad que no iban a poder pasar, ya se lo había confirmado la Policía: el aforo estaba completo. Y añadió algo que se me quedó grabado: «Es una alegría ver que está lleno», aunque para ellos supusiera quedarse fuera. Lo decía con una paz que descolocaba, como si lo dijera con la guitarra en la mano y no hubiese dejado de cantar.

No había enfado, ni tensión, ni reproches. Solo una aceptación serena, incluso alegre. Se compartía el agua, algo de comida o se ofrecía una silla a quien más lo necesitaba.

En un momento, pensé: estas personas rezan. No como una frase bonita, sino como algo que se nota en la forma de reaccionar, un estilo de vida. En cómo encajan lo que no depende de ellos. De alguna manera, en ellos se percibía algo de Cristo.

Fue inevitable recordar lo que el Papa León XIV nos dijo la noche anterior en la vigilia en la plaza de Lima: buscar una verdadera unidad de vida, donde la fe y lo cotidiano fuesen una sola cosa. Aquella tarde nos invitó a ser «rostros fiables» y a dar un testimonio auténtico. Ver a esas familias, a los jóvenes con la guitarra y a la señora mayor sonreír a las puertas del recinto fue la confirmación de que sus palabras ya eran vida. No hacían falta pantallas ni discursos; el testimonio de la fe ya se estaba dando en la acera.

Como supernumeraria del Opus Dei, mi vocación está precisamente ahí: en buscar a Dios en lo ordinario y en las cosas de cada día. Y, aunque estoy muy lejos de conseguirlo, intentarlo me llena de esperanza, me ayuda a plantearme muchas situaciones de otra manera. Por eso, ver la reacción de tantas personas de otros movimientos y realidades de la Iglesia también me llena de esperanza. Porque me confirma que en la Iglesia todos buscamos lo mismo, aunque sea por caminos diferentes.

Y ahí es donde lo vivido me interpeló de verdad.

Porque al día siguiente, en algo tan simple como un parking, un señor intentó pasar por delante de mí y, al no poder hacerlo, reaccionó con enfado y malos modos. Me di cuenta de que muchas veces soy yo quien se comporta de forma parecida. Fue una situación pequeña, sin importancia. Pero me hizo pensar en lo fácil que es que el día a día nos saque de sitio.

Y pensé algo muy claro: lo que había visto en Madrid no era una emoción de un momento concreto ni algo reservado a un ambiente especial. Era una forma de vivir que no se improvisa y que, si no se cuida, se pierde en lo cotidiano.

Porque cuando hay un espacio interior -cuando procuras tener a Dios en lo que haces, cuando hay a quién mirar por dentro- es mucho más fácil reaccionar desde la serenidad, desde la paciencia y desde una cierta paz interior que no depende tanto de lo que pasa fuera. Y ahí es donde se nota la diferencia. No para juzgar nada, sino para recolocar dentro de mí cómo quiero reaccionar en las cosas corrientes y molientes de cada día. Al final, lo que creemos se juega ahí: en detalles pequeños, en lo cotidiano, en lo que Dios ve por dentro y el mundo nota por fuera.

Cartas

Número de cartas: 50073

Número de cartas en Junio: 85

Tribunas

Número de tribunas: 2204

Número de tribunas en Junio: 2

Condiciones
Enviar carta por internet

Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.

» Formulario de envío.

Enviar carta por correo convencional

Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:

Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo
Buscador