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Para los que se quedan

11 de Junio del 2026 - Úrsula López Villanueva (Oviedo)

Estoy junto a mi madre y mi hermano haciendo un pícnic bajo la sombra de un árbol. Los pájaros cantan y hace un día espectacular. Picoteamos de unos "tuppers" de fruta y mamá se vuelve a quejar de lo que ha subido el precio de las fresas.

Inexplicablemente, me encuentro agradecida con mi vida.

Hace un mes que perdimos a papá. Era demasiado joven, con demasiadas ganas de vivir, pero el cáncer no entiende de números o de ganas.

Mis amigas, como es normal, madrugaron al día siguiente del funeral para ir a trabajar. Inés celebró esa misma semana su cumpleaños y Carmen tuvo una entrevista que podría cambiar por completo la trayectoria de su carrera.

Yo salgo a hacer la compra y siento que es humanamente imposible que la gente en la cola del supemercado desconozca que mi padre ha fallecido. Quiero gritarlo y que me escuchen en la luna. Quiero tatuármelo en la frente. "Mi padre está muerto". ¿Cómo puede la gente no saberlo? Si yo noto su ausencia hasta en los dedos de los pies. Si con su marcha ha cambiado hasta el azul del cielo.

Mis futuros amigos no le conocerán, mi marido no tendrá suegro, y mis hijos nacerán sin su abuelo. Será una serie de fotos en la estantería. Anécdotas que mi madre y yo repetiremos hasta la saciedad. Recuerdos. No escucharán su risa, ni sus chistes, ni sentirán la aspereza de sus manos. Caminaré sola hacia el altar.

Perder a un padre tan joven te fuerza a enfrentarte a unas verdades antes que el resto. Las prioridades cambian y ello asusta. La vida no vuelve a ser la misma. Pero que sea nuestro secreto: jamás me he sentido tan libre. Lo peor ya ha pasado. Y aquí sigo.

Siempre había sentido la muerte como algo muy lejano, una lotería para la que no había comprado papeletas. Cuando tocó a nuestra puerta, todo lo que para mí era importante se convirtió en humo. Al principio temí estar sufriendo una crisis nerviosa, pero ahora sé que solo estaba poniendo los pies en el suelo, con una fuerza tan bruta que provoqué un terremoto.

Mis compañías han cambiado. Me he centrado en la gente que me ha acompañado en el dolor, quienes han estado ahí para mí cuando les necesitaba. Paso mucho más tiempo con mi familia, y nuestras conversaciones han adquirido un tono más profundo. Jamás había sido tan vulnerable y jamás me había sentido tan ligera. Nada había sido nunca tan importante como ahora mismo lo son las personas a las que quiero y el tiempo que paso con ellas.

La vida es lo que está pasando en este instante. No espera a que estemos preparados para hacer o decir algo. Estoy leyendo el libro que llevaba un año cogiendo polvo en la mesita. Acabo de comprar billetes de avión a Roma. Ayer llamé a un viejo amigo para decirle que le quería y le echaba de menos. Se limitó a reírse y cambiar de tema, pero, ¿y qué? Yo elijo vivir sin arrepentimientos. Quiero ser una sinvergüenza. La vida es un sinsentido -y menos mal-. Menos mal que las tonterías no tienen importancia. Menos mal que somos insignificantes.

La conclusión es devastadora y reconfortante, pero es mi único consuelo: he ganado perspectiva. La magnitud del dolor que siento sirve de medida del amor que le tuve en vida. Y aunque daría cualquier cosa por tenerle aquí, me siento afortunada de haber amado tanto a alguien que su partida deja semejante huella.

No cambiaría por nada un instante de este dolor, salvo por tenerte de vuelta.

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