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Cuando la corrupción deja de escandalizar

16 de Junio del 2026 - José Viñas García (OVIEDO)

Joyas por valor de más de un millón de euros guardadas en un despacho. No en una vivienda. No en una caja fuerte de un banco. En un despacho.

Lo verdaderamente preocupante no es el hallazgo. Lo verdaderamente preocupante es la reacción de una parte de la sociedad: quienes se apresuran a justificarlo, quienes buscan excusas antes que explicaciones, quienes consideran normal lo que en cualquier democracia sana debería provocar, como mínimo, vergüenza e indignación.

Que si son herencias. Que si son regalos. Que otros también los reciben. Que tampoco es para tanto.

Y así, poco a poco, hemos llegado hasta aquí.

Empiezo a comprender por qué este Gobierno ha terminado haciendo exactamente aquello que prometió que nunca haría. Por qué se han firmado pactos que se negaron hasta la víspera de las elecciones. Por qué se ha pasado de prometer que determinados dirigentes responderían ante la Justicia a negociar con ellos en Waterloo. Por qué se conceden amnistías, privilegios y competencias a quienes tienen como objetivo declarado debilitar el Estado. Por qué el poder se ha convertido en un fin en sí mismo.

La respuesta es sencilla: porque puede hacerlo.

Puede hacerlo porque sabe que siempre encontrará quien lo justifique. Porque sabe que una parte de la ciudadanía ha sustituido los principios por las siglas. Porque la indignación ya no depende de los hechos, sino de quién los protagonice.

Cuando una sociedad deja de exigir ejemplaridad a sus gobernantes, termina aceptando cualquier cosa. Cuando la lealtad política está por encima de la verdad, la corrupción deja de escandalizar. Cuando la moral se vuelve selectiva, la decadencia deja de ser una amenaza para convertirse en una rutina.

Quizá el problema ya no sea únicamente de quienes gobiernan. Quizá el problema sea también de quienes han decidido mirar hacia otro lado. De quienes justifican hoy aquello que habrían condenado con furia si lo hubiera hecho el adversario.

Los dirigentes políticos no surgen de Marte. Son el reflejo de la sociedad que los tolera, los aplaude o los disculpa.

Por eso la cuestión no es cuánto valen unas joyas ni dónde estaban guardadas. La cuestión es cuánto estamos dispuestos a tolerar antes de admitir que hemos rebajado nuestros estándares éticos hasta niveles alarmantes.

Una democracia no empieza a morir cuando aparecen los corruptos. Empieza a morir cuando los ciudadanos dejan de escandalizarse ante la corrupción.

Y ese proceso, por desgracia, parece estar mucho más avanzado de lo que nos gustaría reconocer.

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