Sánchez y Feijóo, presidentes honoríficos de Vox
¿Cuántas veces hemos escuchado o leído sentencias como: "Vox es el nuevo Podemos o Ciudadanos" "Vox se va a desinflar" o "Vox expulsa a todos los que merecían la pena, van a desaparecer"? Los autoproclamados oráculos de la política -los Nostradamus de tertulia- llevan años errando sus predicciones, y después fingen sorpresa con su clásico: "¿Cómo ha podido pasar?". Véase Extremadura, Aragón, Castilla la Vieja o Andalucía.
Basta encender la televisión y ver cómo, en espacios como TVE1 o LaSexta, incluso en la subvencionada y ridícula TPA, se reúnen sus habituales "analistas" y periodistas de cabecera, muchos del nivel de Sarah Santaolalla, Afra Blanco o Ramoncín, para repetir el guion de siempre.
Confieso que me resulta casi cómico contemplar el grado de angustia que reflejan algunos tertulianos: rostros crispados, mezcla de pánico y temor a perder esos asientos privilegiados que ocupan como mascotas mediáticas de los partidos del establishment. También pongo al PP en la diana.
Tal es su desesperación que han pasado de ignorar y ridiculizar a Vox a invitar constantemente a sus dirigentes, con la esperanza de caricaturizarlos. Dedican horas a tertulias sobre "escándalos" como el de la llamada "prioridad nacional", algo que piensa la mayoría de nuestros conciudadanos.
No se puede ocultar la realidad y no lo soportan.
Incluso "El País" admite que "el avance de Vox entre parados y clase obrera redibuja su base electoral". Los analistas citados -sin dar nombres- lo atribuyen al "martilleo antiinmigración" y a un discurso que combina críticas a las élites con un mensaje firme sobre identidad, seguridad y control fronterizo. En otras palabras: insinúan que los votantes de Vox, sobre todo de la clase trabajadora, son ingenuos. Una interpretación que roza lo condescendiente y que evidencia su bloqueo mental. La superioridad moral de la izquierda, de la cual me río.
Ahora invitan a Vox a entrevistas que, en realidad, son emboscadas retóricas, seguidas de horas de retroalimentación en sus cámaras de eco, intentando convencer al público de que la "ultraderecha" es peligrosa, mientras ellos -todos, sin excepción- han sido colocados a dedo por los partidos.
El siguiente paso, que llegará tarde o temprano, será incorporar comunicadores cercanos al ideario de Vox para demonizarlos en directo. Sin embargo, esa maniobra se volverá en su contra: las mentiras y medias verdades quedarán expuestas.
Ahí entenderán por qué la clase obrera apoya a Vox. Como residente de Tineo, un pueblo obrero que un día vivió de las minas, tengo claro que es la única opción para evitar que nuestras calles se conviertan en guetos multiculturales.
El cambio será gradual, pero imparable. Las encuestas ya otorgan a Vox más de 60 escaños. Y este avance no es solo mérito de Abascal, sino también del PP de Feijóo y, por supuesto, del PSOE de Sánchez, auténtico militante honorífico de Vox. Si el Presidente decide agotar la legislatura, no sería descabellado ver a Vox acercarse a los 80 diputados. Paradójicamente, la derecha debe agradecer a Sánchez su torpeza, porque su inacción podría colocar a Vox como segunda fuerza política en España más temprano que tarde.
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