La conducción en la ZAP de Oviedo
Soy residente de la "ZAP (Zona de Alta Peligrosidad)" de Oviedo, es decir, La Florida. El diseño del barrio, caracterizado por un tramo largo de calzada y varias rotondas, se ha convertido a diario en el escenario de conductas al volante que invitan a una profunda reflexión.
Por las noches, la ausencia de tráfico se interpreta de forma errónea como una invitación a la velocidad, los frenazos y los derrapes diarios. Más allá de la evidente falta de descanso que el ruido provoca en el vecindario, lo alarmante es la desconexión con el riesgo. El exceso de velocidad es tal que los derrapes suelen durar tantos segundos como para encogerse de hombros en casa esperando que el derrape cese y no sea con un estruendo por un golpe o en gritos de alguien (como ya sucedió en varias ocasiones).
De día, el problema tiene dos vertientes. Por un lado, el aumento de la agresividad en la conducción general, las prisas y el apuro de las distancias de seguridad. Las frenadas en los pasos de cebra, rebasando la línea de detención que hacen dudar si el conductor se ha percatado de que estás cruzando. Sin olvidar los arranques exprés en los que, en cuanto el peatón pasa las dimensiones del coche, este arranca generando una situación que se parece más a recortar toros que a cruzar con seguridad un paso de cebra.
Por otro lado, está la convivencia con los patinetes eléctricos conducidos por menores circulando a gran velocidad por las aceras, por la calzada en sentido contrario, sin casco, con auriculares, escribiendo en el móvil o compartiendo el vehículo entre dos personas. Nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo mal como sociedad cuando nos quedamos pasivos ante menores que infravaloran los riesgos de una conducción temeraria.
Estos jóvenes demuestran destreza para manejar la tecnología del patinete, pero un desconocimiento absoluto de las normas básicas de tráfico y los riesgos que corren y hacen correr al resto de viandantes.
¿Debemos seguir esperando a que ocurra una desgracia para reaccionar? Queda claro que la mayor concienciación en casa y en la escuela ayudaría en el medio y largo plazo. Pero lo indiscutible es que las medidas disuasorias como radares, cámaras o resaltos son ya una necesidad urgente para pacificar la vía, siendo además mucho más baratas que el coste humano que puede generar toda esta inseguridad.
Revertir este riesgo depende de una intervención responsable de las autoridades y de nosotros, como ciudadanos, padres y conductores. Reflexionemos antes de que el precio a pagar sea irreparable.
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