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El cataclismo del absentismo

22 de Junio del 2026 - Hector García Busto (Oviedo)

Hay que tener el corazón de piedra para no conmoverse ante el drama que vive la patronal española. Escuchar sus lamentos en las tertulias es lo más parecido a asistir a un melodrama decimonónico: el absentismo laboral, nos dicen con voz trémula, galopa desbocado porque el trabajador actual ha desarrollado una alergia incurable al madrugón. Se dibuja así la silueta del pícaro nacional, ese ser maquiavélico que simula una lumbalgia terminal para quedarse en el sofá viendo la televisión a costa del sudor del empresario. La prensa seria se lleva las manos a la cabeza ante los 2.900 millones de euros anuales que, según las estimaciones más pesimistas de las mutuas, nos cuesta esa picaresca del termómetro. Una tragedia nacional, sin duda. Dan ganas de organizar un concierto benéfico para salvar al Ibex 35.

Sin embargo, a uno le entra una timidez estadística cuando empieza a mirar otros bolsillos. Porque resulta que, mientras nos escandalizamos por el empleado que se ahorra tres días de oficina, nos da un pudor tremendo hablar de los 3.243 millones de euros anuales que las empresas se ahorran, con absoluta generosidad para consigo mismas, al no pagar ni una sola de los millones de horas extra que sus plantillas regalan a la semana. Es una forma curiosa de entender las matemáticas: si el obrero falta a su hora, es un fraude de Estado; si el empresario estira la jornada gratis, es "flexibilidad competitiva". Habrá que concluir que en este país la picaresca solo es pecado si se comete en chándal y no en traje de Armani.

Pero no seamos injustos. No todo en la vida de un gran empresario es el pequeño menudeo de sisar unos minutos de la jornada laboral diaria. La verdadera excelencia, la alta costura de la picaresca, se juega en ligas mucho más elevadas y discretas. Nos referimos a ese sutil arte de magia que los técnicos de Hacienda, con esa prosa tan fría que les caracteriza, denominan "economía sumergida".

Es un fenómeno fascinante. Mientras el ciudadano de a pie vive con el pánico de que un inspector fiscal le pida explicaciones por un bizum de veinte euros, resulta que de las cajas registradoras de algunas compañías se evaporan, con la limpieza de un truco de Houdini, más de 26.000 millones de euros anuales en impuestos y cotizaciones no declaradas. Un dinero que se queda flotando en el limbo del dinero "en negro", lejos de las garras de la sanidad pública o las pensiones, pero muy cerca de los balances de beneficio neto de la empresa deshonesta. Uno se imagina la escena con ternura: el patrón, abrumado por el papeleo, simplemente olvida declarar la mitad de la facturación o del IVA. Un despiste lo tiene cualquiera.

Y como la generosidad empresarial no conoce límites, este espíritu colaborativo se extiende también a la salud de sus plantillas mediante una figura entrañable: el camuflaje de los accidentes de trabajo. Cuando un operario se destroza la espalda por un sobreesfuerzo debido a la falta de medidas de seguridad, la empresa, en un alarde de compasión para no saturar los juzgados de lo social, prefiere que el afectado acuda a su médico de cabecera. De este modo, la lesión se registra mágicamente como una "enfermedad común". El truco es redondo: la empresa se ahorra la subida de la prima de siniestralidad, elude una molesta inspección de riesgos y, de paso, le endosa la factura íntegra del tratamiento al Servicio Nacional de Salud. Es una carambola magistral. Primero precarizas el entorno laboral para que el trabajador caiga enfermo, luego consigues que el Estado pague su curación y, finalmente, utilizas esa misma baja médica en las tertulias de televisión para quejarte de que la tasa de absentismo del país te está arruinando el negocio. Si esto no es poesía macroeconómica, que baje Dios y lo vea. De que estemos en el grupo de cabeza de siniestralidad y mortalidad laboral a pesar de nuestra exiguo tejido industrial ya, si tal, hablamos otro día.

Visto lo visto, habrá que pedir disculpas a la patronal por nuestra falta de miras. Sin duda somos unos memos y no solo porque nos deje la novia y nos entren depresiones y tendencias suicidas. Centrar el debate de la competitividad en si un operario se queda en la cama un martes con una gripe dudosa, mientras se asume con naturalidad un agujero que multiplica por diez esa cifra en horas extra robadas y evasión fiscal, es una muestra de nuestra preocupante cortedad de miras. Es evidente que en el mercado laboral español hay clases hasta para defraudar. La picaresca del currante da mala imagen, huele a flogoprofen y ambulatorio saturado; la del despacho, en cambio, viste de Prada, se debate en consejos de administración y se maquilla en los balances bajo el elegante epígrafe de "optimización de costes".

Si de verdad queremos un país eficiente y serio, convendría dejar de vigilar la salud de los trabajadores con prismáticos de sospecha mientras se mira la gran evasión con gafas de madera. No necesitamos recortar derechos ni endurecer los controles al que enferma, sino dotar de presupuesto a esa sanidad pública que asume los rotos de la precariedad y poner a trabajar a la Inspección laboral a destajo, que esa sí que es una inversión productiva. Mientras tanto, seguiremos escuchando los lamentos de las tertulias con una sonrisa resignada, sabiendo que en este rincón del mundo, el verdadero milagro económico consiste en conseguir que los que más tienen se quejen de lo mucho que les cuesta mantener a los que, en realidad, les mantienen a ellos.

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