¿De pie o sentado?
En los pueblos, y, más concretamente, en las cocinas donde se arregla todo sin necesidad de BOE, hay debates que no pasan de moda. Uno de ellos, tan antiguo como el hombre, es este: ¿orinar de pie o sentado? Dicho así, parece poca cosa, pero da más conversación de la que uno imagina. No es novedad el tema. Ya Juan José Millás y Francisco Umbral, en su día, que sabían mirar donde otros pasan de largo (Millás, para goce de todos, aún lo sigue haciendo hoy), dejaron caer que en lo pequeño se retrata el personal. Y otros, en otra línea, como mi amigo Nic, dicen que el hombre generalmente no ve más que lo que tiene delante y, a veces, ni eso. Me lo hizo ver con claros ejemplos. Y aquí, en este tema que nos atañe, no falla, cada cual se define sin necesidad de decir palabra.
El hombre de antes, ese que aún queda por las esquinas, siempre apuntó y tiró de pie, como quien no quiere perder rango ni en el baño. Era cosa casi de orgullo, como que "esto se hizo así toda la vida". Y tampoco había más discusión. Pero luego viene la edad que no perdona ni discute, pone a cada uno en su sitio, y con ella suelen presentarse ciertas incomodidades que invitan a pensar menos en la postura y más en el resultado. Y ahí, sin hacer ruido, muchos descubren que sentado se vive mejor. Menos prisas, menos puntería fallida, menos llamadas de atención y menos trabajo después, que eso también cuenta.
Porque la verdad es que el asunto no es de médicos, sino de casa. De esa paz silenciosa que depende, muchas veces, de detalles que nadie firma pero todos notan. Y evitar salpicaduras no quita hombría; más bien añade convivencia, que viene a ser más útil.
Luego está el bar, la fiesta, el baño de paso..., ahí cada uno hace lo que puede y bastante es salir indemne. Pero en casa, donde no hay prisas ni testigos, lo sensato suele ser también lo más elegante.
Así que, sin darle más vueltas, de pie cuando no queda otra y sentado cuando se pueda. No hay ideología ni bandera en esto, solo costumbre... Y algo de sentido común, que nunca sobra.
Al final, como dicen los más viejos del lugar, no se trata de cómo se hace, sino de lo que queda después. Y en este asunto, mejor que no quede nada.
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