La gestión casi inverosímil de un vuelo low cost
Seducidos por tratar de no pagar más de lo necesario, de ahorrar en lo posible y contribuir a contener la inflación, optamos por volar en una de las conocidas compañías cuyo lema es no pagar más de lo necesario; limitadas a cobrar por el transporte considerando a los pasajeros mera mercancía, como simples paquetes, eso sí, automovibles.
Todo comenzó cuando de manera intrépida me atreví a comprar los billetes por internet de la conocida compañía del arpa de la verde Erin. Empecé por bajar su aplicación y rellenar casi toda mi información personal, de la quedaron excluidos por ahora, el certificado de penales y el informe fiscal de no tener ningún asunto pendiente con la Agencia Tributaria.
Superada esta etapa, seleccioné el destino y las fechas de vuelo. Vinieron después los asientos que nos fueron asignados por sorteo, salvo que añadiese algunos euros más por cambiarlos. Luego vino el asunto del equipaje, que de manera si no engañosa o más bien confusa, no me quedó nada claro qué era lo que incluía cada billete, si un paquete de pañuelos de papel, una minimochila o un baúl de pasajero.
Concluido el trámite informático y hasta el día del viaje, nos vimos sometidos a un incesante bombardeo virtual para mejorar la calidad del vuelo con atractivas ofertas de asientos mullidos con masaje automático, zapatillas, menús increíbles, uso de lavabo, etc. Todo por unos pocos euros adicionales.
Pero la traca final llegó cuando ufanos nos presentamos en la zona de facturación, donde comenzaron las ceremonias de la confusión. Hicimos el recorrido de la serpiente por el laberinto encintado para acceder a los mostradores con todo y maletas, entre gentes de casi de todo el planeta y parte de la galaxia, que parecía haberse reunido en Barcelona por algún extraño conjuro; solamente nos faltó ver en la fila algún camellero tuareg, hasta que finalmente nos topamos con unas básculas dotadas de pantallas donde se mostraban en grande unos jeroglíficos QR. Mientras estábamos inmersos en pleno desconcierto se nos acercó una joven española de rasgos chinos, que no hablaba nada de chino para sorpresa de un chino de la China, para más inri bizco, que estaba tan confuso como nosotros. Muy amablemente nos explicó lo que teníamos que hacer, pero al vernos casi catatónicos, le dimos lastima al imaginarse que, de no ayudarnos, muy probablemente, nos podríamos quedar allí hasta Navidad por lo menos. Me pidió el móvil, este cada vez más imprescindible aparato necesario para hacer casi todo tipo de gestiones, que hasta incluso te permite hablar por teléfono. De manera que poco a poco el uso del cerebro pensante, más pronto que tarde, se dedicará a poco más que a mantener el saldo suficiente de la tarjeta de crédito y la supervivencia del individuo, porque del resto ya se encarga el sistema simpático.
Como digo, la china nos dejó casi todo resuelto, salvo el asunto del equipaje. Resulta que crédulos de nosotros, por haber sacado los billetes de categoría priority, supusimos que teníamos derecho a una maleta de peso normal. Pero mediante la aplicación de alguna cláusula sacada a colación con razonamientos esotéricos nos tocó pagar otra propina más a la compañía de la lira. Con la sorpresa añadida, dada a conocer por otra eficiente empleada, de tener que pagar incluso por las gestiones de pago, que se van encareciendo a medida que se aproxima la hora de vuelo. De manera que el coste va subiendo como si estuviéramos en la subasta de una lonja de pescado. El retraso en la aceptación del pago por tarjeta supuso añadir otros cinco euros más al bote. Un tanto mosqueado por la amabilidad con que la empleada me iba birlando los euros, le pregunté si también era más caro ir al baño justo antes de subir al avión. -Por supuesto -me dijo- lo mejor es venir una semana antes del vuelo. Hay quien dice que lo ha probado y le ha salido el viaje casi gratis, incluyendo una visita a la cabina de los pilotos y un caramelo mentolado.
De nuevo tuvimos que ir a la báscula, pesar la maleta, colocar la etiqueta de facturación y llevarla a la cinta transportadora, no sin escuchar por el altavoz, previo toque de corneta, la enhorabuena por haber concluido felizmente los trámites de facturación, tras casi cuarenta minutos de infarto y sudores fríos. Con el agradecimiento añadido de la compañía aérea por haber hecho de agentes de viaje, facturadores y mozos de cuerda, cobrándonos además por habernos dado la oportunidad de participar en el concurso.
Ya solo le faltará a la susodicha compañía, para incrementar las ganancias, prescindir de los pilotos y con la inestimable ayuda de la inteligencia artificial, sustituirlos en cada viaje por cuatro pasajeros elegidos al azar, encargados de supervisar por turnos el vuelo del avión, donde en la cabina les aguardará un entrenado dóberman para que a ninguno se le ocurra tocar un solo instrumento.
La próxima vez que cojamos un vuelo me propongo hacer antes un cursillo acelerado de quince días de puesta al día en la adquisición de billetes online, con prácticas de facturación incluidas, hasta obtener el certificado de aptitud. Aunque nada más sea por no perecer en el intento y mantener el patrimonio familiar lo más íntegro posible.
Viva el progreso.
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