Centros de menores: Vigilantes o guardias de seguridad
Me gustaría romper una lanza a favor de los guardias de seguridad, mejor dicho, vigilantes de seguridad, que trabajan en los centros de menores del Principado de Asturias, y que están haciendo un trabajo ingrato, difícil, muy mal pagado y peor reconocido socialmente, en unos centros en los que se supone que se ingresa a menores que, por sus características sociales, penales y de conducta, son apartados de la vida en común para intentar reinsertarlos en la sociedad.
Jóvenes que en algunos casos han cometido todo tipo de delitos, desde robos a violaciones, incluso homicidios. Esto en realidad viene a ser un cajón de sastre en el que adolescentes y jóvenes de todos los pelajes conviven en centros muy deficientes a todos los niveles, tanto de equipamiento básico como de personal. Edificios muy antiguos que se están cayendo literalmente; se va la luz, lo que supone que las cámaras de seguridad no funcionen, con el peligro que esto conlleva; las puertas no cierran, los techos se caen, hay goteras, cristales rotos, zonas inundadas, habitaciones inutilizadas... Es decir, carecen de todo lo necesario para poder cuidar en buenas condiciones de estas personas a las que se pretende rehabilitar. El sistema no funciona; hacen falta medios de inmediato.
Pues bien, estos trabajadores que tienen que realizar labores de seguridad y, como la misma palabra dice, velar por el bienestar tanto de las personas que allí se encuentran encerradas como del personal docente, exponiéndose a diario a la rabia, frustración y desesperación de algunos de los que allí se encuentran. Menores que a veces no lo son, puesto que han cumplido ya la mayoría de edad, y que, como han cometido sus delitos antes de esta fecha, pueden quedarse en estos centros hasta los 21 años. Esto no puede permitirse. No son menores, son hombres y mujeres hechos y derechos. Ya saben discernir entre lo que está bien o mal y pueden influir negativamente en otros que se encuentran allí.
Estos trabajadores tienen que lidiar habitualmente con estas personas, e intentar que "la sangre no llegue al rio". Muchas veces, hablar con ellos, e intentar calmarlos, mediar, convencerlos y ejercer una psicología intuitiva para la que no han sido preparados pero que sale de manera natural. Pero además si pasa algo, peleas motines, agresiones hacia ellos -cosa que desgraciadamente últimamente pasa muy a menudo-, no son considerados legalmente como autoridad. No tienen la condición de autoridad, Es decir, están trabajando diariamente en un entorno peligroso y cuando pasa algo quedan totalmente desprotegidos. Viene a ser lo mismo que si me pasa a mí, a ti, o a cualquiera que pasara por allí. Y luego está el tema económico. Muchos ni siquiera cobran el plus de peligrosidad, pese a tener que intervenir constantemente en situaciones violentas. violentas. "Hay vigilantes cuyo sueldo apenas supera los mil euros y tienen que hacer actuaciones tirándose al suelo para poder reducir a jóvenes muy violentos.
No es de extrañar que haya un número de bajas muy elevado y que nadie quiera trabajar ahí. Cada día cuando entran a trabajar, el estrés es su compañero de trabajo. Nunca saben lo que puede pasar.
Es totalmente injusto que estén realizando labores de guardias de seguridad en unos entornos muy peligrosos, con un desgaste emocional y físico enorme y que no se les reconozca la labor que ejercen, tanto económicamente como legalmente.
Hace falta que la Administración tome medidas, y que unos centros indispensables, que hacen que la sociedad se ocupe de los problemas derivados del momento que vivimos, se renueven y que se considere como algo fundamental a los trabajadores que están ahí diariamente trabajando y exponiendo su salud y su vida.
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