Orgullo
Hace una semana me encontraba en casa de mi primo mayor. Mi cuñado y él, sentados en el sillón, como tantos españoles, contemplaban el partido de España contra Arabia Saudí.
Durante noventa minutos España hizo lo que mejor sabe hacer en los últimos tiempos: olvidarse de sí misma. Todo quedó suspendido, como si el país entero hubiera pactado una tregua con su propia conciencia. Sólo existía el balón. Sólo existía España.
Y cuando llegó el cuarto gol, llegó la euforia: gritos, abrazos, una alegría casi religiosa.
En la pantalla apareció la palabra orgullo.
Y yo me quedé mirándola.
Orgullo.
¿Orgullosos de qué?
No era ironía. Era inquietud.
Porque España se une donde no duele y se dispersa donde sí importa.
Un gol la hace uno; la realidad la devuelve fragmento.
Y cuando el Mundial termine, los estadios se vaciarán, las luces se apagarán y las banderas se plegarán, y con ese gesto quedará el país a solas consigo mismo.
Y entonces regresará lo que no cabe en la euforia:
La corrupción política.
La vivienda inaccesible.
El paro estructural.
El desempleo juvenil.
La precariedad laboral.
La fuga de cerebros.
La polarización política.
La degradación institucional.
La resignación social.
Nada de esto convoca como un estadio.
Nada une como un gol.
La política lo sabe. La sociedad lo consiente.
Hemos aprendido a exigir excelencia en lo accesorio y a tolerar mediocridad en lo esencial. Nos abrazamos durante noventa minutos y nos ignoramos durante años.
Y entonces vuelve la palabra.
Orgullo.
Pero el orgullo no es consigna: es examen.
España se emociona con facilidad y se sostiene con dificultad.
Y quizá por eso la pregunta no es retórica, sino trágica.
¿Orgullosos de qué, exactamente?
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