El fútbol y la memoria de un solo partido
El fútbol moderno vive instalado en la inmediatez. Un solo partido basta para fabricar héroes o destruirlos. Hoy una selección es presentada como la mejor del mundo; mañana, tras un tropiezo, pasa a ser un fracaso. El análisis sereno ha cedido terreno al titular fácil y a la reacción impulsiva.
Portugal es un buen ejemplo. Hace apenas unos días era señalada por algunos analistas y tertulias como la gran favorita para conquistar el Mundial. Bastó un resultado adverso para que ese discurso desapareciera como si nunca hubiera existido. Nadie rectifica, nadie explica el cambio de criterio; simplemente se pasa a la siguiente narrativa. La memoria, en ciertos programas deportivos, dura menos que un partido.
Esta forma de entender el fútbol no solo perjudica a las selecciones, sino también a los futbolistas. El debate sobre quién es el mejor jugador de la historia o quién merece el título de máximo goleador suele reducirse a una simple comparación de cifras. Sin embargo, los números, por sí solos, rara vez cuentan toda la historia.
El fútbol ha cambiado profundamente. Hoy los grandes jugadores disputan muchos más encuentros internacionales que hace cuarenta o cincuenta años. Los formatos de las competiciones han aumentado el número de partidos y el crecimiento del fútbol mundial ha permitido la participación de selecciones que, décadas atrás, difícilmente habrían alcanzado una fase final. Esto no resta mérito a quienes destacan en la actualidad, pero sí obliga a contextualizar los registros.
Comparar los goles de las grandes estrellas actuales, como Messi, con los de figuras de otras épocas, como Cruyff o Maradona, sin tener en cuenta estas diferencias, conduce a conclusiones poco rigurosas. Cada época plantea desafíos distintos y cada generación debe ser valorada dentro de su contexto.
En el Mundial actual también se observa cómo el camino hacia las rondas finales puede condicionar las estadísticas. No todos los cuadros presentan el mismo nivel de dificultad. Hay selecciones que deben superar auténticos gigantes desde el inicio, mientras que otras encuentran rivales de menor entidad durante buena parte del torneo. Como parece ocurrir con Argentina en este Mundial, algunos recorridos resultan, sobre el papel, menos exigentes que otros. Esa circunstancia también influye en los goles, en las asistencias y en la percepción del rendimiento individual.
Pero, más allá de los resultados y de los récords, conviene recordar qué representa realmente el deporte. Ganar siempre produce satisfacción y perder nunca resulta agradable. Sin embargo, la verdadera grandeza de un deportista no se mide únicamente por los títulos conquistados, sino por su comportamiento antes, durante y después de la competición.
Saber competir con fuerza y entrega, pero con nobleza; respetar al adversario; aceptar la derrota con dignidad y celebrar la victoria con humildad son valores que deberían estar por encima de cualquier marcador. Cuando esos principios desaparecen, el deporte pierde parte de su esencia.
En ese sentido, la actitud de Uruguay tras su eliminación dejó una imagen que invita a la reflexión. La intensidad y la competitividad son virtudes, pero nunca deberían confundirse con la confrontación permanente. Un equipo juega mejor cuando concentra sus esfuerzos en el balón y no en el rival. El fútbol admite el contacto, la disputa y la entrega hasta el último balón, pero nunca la intención de hacer daño al adversario. Me gusta el fútbol de contacto, la disputa y no dar un balón por perdido, pero sin buscar dañar al contrario.
España, como cualquier otra selección, también puede ganar o perder. Lo verdaderamente importante será mantener el respeto hacia el adversario en cualquiera de las dos situaciones. Porque una derrota aceptada con dignidad puede engrandecer tanto como una victoria conseguida con brillantez.
Quizá el fútbol necesite recuperar precisamente eso: menos sentencias precipitadas, menos memoria selectiva y más análisis; menos ruido y más respeto. Porque un Mundial no se decide en noventa minutos, y la grandeza de un equipo tampoco.
Hay otro riesgo que el fútbol debería evitar a toda costa: dejarse arrastrar por la política. El deporte es de todos, con independencia de las ideas de cada cual. Cuando el fútbol se convierte en un instrumento de confrontación política, comienza a alejarse de los valores que le dieron sentido y da un paso hacia su propia corrupción. También hay que saber aplaudir al contrario cuando ha sido mejor.
Lo mismo ocurre con quienes lo analizan. Tanto el periodismo deportivo como el político tienen una responsabilidad esencial: ofrecer análisis honestos, libres, rigurosos y equilibrados. La neutralidad no significa renunciar a la crítica, sino ejercerla con el mismo criterio para todos.
El activismo y el forofismo, ya sea en la política o en el deporte, terminan sustituyendo los hechos por las emociones y los prejuicios. Cuando eso sucede, la verdad deja de ser el punto de referencia y pasa a imponerse el relato que más conviene a cada bando.
Sin verdad no existe credibilidad. Y sin credibilidad, tanto la competición deportiva como el debate político se devalúan. El fútbol necesita menos propaganda y más deporte; la política, menos consignas y más verdad. Solo así ambos podrán conservar el respeto y la confianza de quienes los siguen.
El deporte debe unir pueblos y culturas, no convertirse en un desafío entre energúmenos.
Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.
Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:
Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo

