La nada más absoluta
Siempre ha habido analfabetos, como ya señaló en su día Jesús Quintero, pero, a día de hoy, se multiplican a velocidad vertiginosa. Salen de debajo de las piedras, presumiendo de su estulticia. Lo cierto es que no sabemos prácticamente nada del mundo que nos rodea. Por poner un ejemplo, basta con bucear en el océano y constatar que nuestros conocimientos acerca del fondo marino cubrirán, si acaso, un 2 por ciento del universo que se encuentra ahí abajo. La vida va que vuela, y allá cada cual con sus decisiones, pero no confundamos sabiduría con ir de listos, como hacen muchos cretinos. Entendidos en todo y especialistas en nada. Creo que, en bastantes supuestos, se ha perdido la sensatez a la hora de opinar sobre un tema determinado. Seré raro, pero a mí me han enseñado a callarme cuando sale a la palestra un asunto del que no tengo ni idea.
Está visto que aquí el más tonto hace relojes. Sí, existen idiotas con suerte, los cuales se encuentran en el lugar adecuado en el momento idóneo. Otros, por el contrario, han tirado de agenda para colocarse en puestos de responsabilidad, alcanzando las altas esferas del ámbito correspondiente. Así está el percal. Hace tiempo que este balandro de velas agujereadas navega a la deriva. La situación es poco halagüeña, pues los locos que gobiernan el globo no permiten alzar la voz, relegando a las voces disidentes al fondo de la caverna, mientras ellos, desde su torre de marfil, imparten órdenes claras a sus sicarios: arrasen con todo, que no quede ni un alma en pie.
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