La Nueva España » Cartas de los lectores » La demolición de la familia

La demolición de la familia

3 de Julio del 2026 - José Viñas García (OVIEDO)

Feminizar a los hombres, masculinizar a las mujeres, sexualizar a los niños desde edades cada vez más tempranas, multiplicar las identidades de género hasta convertirlas en una cuestión de ingeniería social, imponer ideologías sexuales como si fueran verdades incuestionables, normalizar conductas que hace apenas unos años eran excepcionales y destruir el modelo de familia formado por un padre y una madre para sustituirlo por un sinfín de fórmulas familiares cada vez más desestructuradas.

Al mismo tiempo, se ha apartado de las aulas cualquier referencia a una educación religiosa que, independientemente de las creencias de cada uno, transmitía valores universales como el respeto, el sacrificio, la responsabilidad, la solidaridad, el perdón, la compasión, el esfuerzo y el compromiso con la familia. Valores que durante generaciones ayudaron a construir una sociedad más fuerte y cohesionada.

Y todo ello mientras se pretende que la sociedad piense, sienta y actúe como dictan determinadas corrientes ideológicas. Quien discrepa es señalado, ridiculizado o etiquetado. La libertad de pensamiento parece ser válida únicamente cuando coincide con el discurso dominante.

Resulta paradójico que se ataque constantemente a la mujer que libremente decide ser ama de casa y dedicar su vida a cuidar de su familia, mientras muchos de quienes la desprecian siguen acudiendo a casa de su madre o de su suegra para recoger la comida hecha, planchar sus camisas, coserles un botón o arreglarles un pantalón. Todos conocemos casos así. La contradicción habla por sí sola.

Lo que más me duele son los niños. Niños que crecen repartiendo su vida entre diferentes hogares, padres, madres, padrastros, madrastras, abuelos biológicos y otros que aparecen y desaparecen según cambian las relaciones sentimentales de los adultos. También cambian tíos, primos y entornos familiares como quien cambia de chaqueta.

Cada adulto es libre de vivir como desee. Pero cuando las relaciones se convierten en algo desechable y el compromiso pierde valor, quienes con demasiada frecuencia pagan las consecuencias son los hijos. Un niño necesita estabilidad, referencias claras, afecto permanente y raíces. Eso no debería ser discutible.

Se dice que los niños se adaptan a todo. Yo creo que sobreviven a muchas cosas, pero adaptarse no significa no sufrir. Después nos sorprendemos del aumento de la ansiedad, la depresión, la soledad y la falta de identidad entre tantos jóvenes.

Después se afirma que ese mismo ser humano, cuando aún está en el vientre de su madre, es simplemente un cuerpo sobre el que otros pueden decidir. Se puede impedir su nacimiento porque así lo permite la ley. Mientras tanto, el primero de todos los derechos, el derecho a vivir, deja de ser un principio absoluto.

Como si eso no bastara, también se amplían las posibilidades de acceder a la eutanasia. En lugar de construir una sociedad que acompañe al enfermo, al anciano o al que sufre, parece que avanzamos hacia otra donde resulta más sencillo facilitar la muerte que garantizar todos los cuidados posibles. Una sociedad verdaderamente humana debería luchar siempre por aliviar el sufrimiento, no por convertir la muerte en una solución.

Y después nos extrañamos de que se difumine el valor de la vida. Si una sociedad acepta que una vida pueda terminar antes de nacer y normaliza cada vez más poner fin a otra cuando su existencia se considera una carga, es legítimo preguntarse si no estamos perdiendo el principio más básico sobre el que se sostiene cualquier civilización: el respeto incondicional por la vida humana.

Todo esto me resulta profundamente desalentador. Tengo la sensación de asistir a una transformación social acelerada en la que ya no reconozco muchos de los valores con los que crecí. Siento, sinceramente, que el mundo que viene no es el mío.

Mientras tanto, en España se producen más de 4.000 suicidios cada año. Son miles de familias destrozadas, miles de historias rotas y miles de personas que dejaron de encontrar motivos para seguir viviendo. Sin embargo, rara vez ocupan el espacio político, mediático y social que una tragedia de semejante magnitud merece.

Del mismo modo, cada mujer asesinada por violencia de género constituye una tragedia insoportable y merece toda la atención y todos los recursos posibles. Pero precisamente por respeto a todas las víctimas, también debería existir coherencia entre las cifras, las prioridades políticas y las soluciones. El sufrimiento no debería jerarquizarse en función de la ideología. Toda vida humana merece la misma dignidad y la misma protección.

Podría seguir enumerando políticas que, desde mi punto de vista, están debilitando a la familia, vaciando los pueblos, rompiendo la convivencia entre vecinos, enfrentando a hombres y mujeres, erosionando la autoridad de los padres, desprestigiando el esfuerzo y sustituyendo los valores por el relativismo. La lista sería interminable.

Quizá algunos piensen que exagero. Ojalá tengan razón. Pero cuando observo la soledad creciente, la crisis de salud mental, el desplome de la natalidad, la pérdida de referentes, la desconfianza entre generaciones y la fractura social que vivimos, me resulta imposible creer que todo esto sea fruto de la casualidad.

Las civilizaciones rara vez desaparecen de un día para otro. Antes se debilitan cuando renuncian a sus principios, desprecian sus raíces y dejan de creer en sí mismas. Ese es, precisamente, el mayor temor que hoy siento por España y por Occidente.

Esta es mi forma de ver las cosas. No pretendo imponerla a nadie. Solo reclamo el mismo derecho que tienen quienes defienden el modelo contrario: expresar libremente una opinión, sin miedo y sin pedir perdón por pensar diferente.

Cartas

Número de cartas: 50320

Número de cartas en Julio: 129

Tribunas

Número de tribunas: 2207

Número de tribunas en Julio: 2

Condiciones
Enviar carta por internet

Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.

» Formulario de envío.

Enviar carta por correo convencional

Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:

Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo
Buscador