Al roble de San Francisco
Tan sólo eras un roble, enfermo y viejo.
Tres centurias atrás, naciste de una semilla,
arrullado por cercanos cantos monásticos,
en el medio de una pradera feraz,
cerca de una antigua corte amurallada.
Medraste al cobijo de otros muchos de la misma familia,
aprendiste a madurar al son constante del tiempo:
incontables serondas te despojaron de tus trajes,
fingiste la muerte al son de hielos y nevadas,
renaciste miles de veces con el estruendoso concierto de las aves
y con tus sombras aliviaste los estíos de propios y extraños.
Supiste de reyes y de reinados;
de gobiernos y de condenas;
de festejos, hambrunas y lutos;
de revueltas y de invasiones.
Conociste a vagabundos, a labriegos y nobles;
a curas llanos y a obispos entronizados;
a letrados, juntaletras y sabios de varias ciencias;
a alcaldes, a diputados y a demasiados hombres armados.
Mas un día, ajeno a estos tiempos de iras y mentiras,
y quizá cansado y falto de expectativas,
dejaste que tu peso se venciera sobre un estanque
y te fuiste en silencio,
llevándote para siempre las historias, las voces y los recuerdos.
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