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El olor de las palabras

8 de Julio del 2026 - Antonio Valle Suárez (Castropol)

Ahora que el verano se instala entre nosotros y muchos empiezan a preparar la maleta, hay un compañero de viaje que nunca debería faltar. Es un libro. No importa si el destino es una playa, una aldea, un banco bajo un árbol en A Lieira o en el rincón más fresco de casa. Hay veranos que se olvidan. Los buenos libros, no. Permanecen con nosotros mucho después de haber cerrado la última página.

Quizá por eso me resisto a leerlos en una pantalla. Pero antes de nada, conviene aclararlo desde el principio. No hablo desde el miedo a la tecnología ni desde la nostalgia de quien se quedó anclado en otro tiempo. A mis años manejo la informática a nivel de usuario con absoluta normalidad. Escribo, busco información, me comunico con mi familia, aprovecho cuanto internet pone a nuestro alcance y doy gracias por ello. El progreso nunca me ha asustado. Lo que sí me inquieta es otra cosa: que la comodidad termine sustituyendo al placer. Lo digo porque vivimos tan obsesionados con ahorrar unos segundos que corremos el riesgo de perder aquello que daba sentido a ese espacio de tiempo. Me siento, si se me permite la expresión, desnudo ante tanta comodidad. Porque un libro no empieza cuando uno lee la primera frase. Empieza cuando lo eliges. Cuando notas su peso. Cuando pasas lentamente la mano por la cubierta. Cuando escuchas el leve crujido de sus páginas. Y cuando, casi sin darte cuenta, lo acercas a la nariz. Sí, oler un libro. Resulta que ese gesto tan íntimo tiene nombre: "bibliosmia". Los científicos explican que el papel, la tinta y los adhesivos desprenden sustancias capaces de despertar emociones y recuerdos. Me alegra que la ciencia lo confirme (si extremamos el tema, podemos acordarnos algunos de que, allá por los años sesenta del pasado siglo, los adolescentes se colocaban oliendo latas y tubos de pegamento. Pero no es este el caso que hoy plasmo e intento hacer llegar a los lectores). Trataré de trasmitíroslo. A ver:

Los libros nuevos huelen a ilusión. A tinta fresca. A promesas todavía intactas. Al placer de emprender un viaje sin movernos del sillón. Los viejos desprenden otro perfume... Un aroma de vainilla, de madera, de almendras y de tiempo. Porque el tiempo también huele (bien lo sabemos los aldeanos). Cada página parece conservar la respiración de quienes la leyeron antes que nosotros.

Y ahí reside la diferencia. Una pantalla informa encendiéndose, pero un libro o un periódico en papel acompaña y despierta.

Nos dicen que en un lector electrónico caben miles de obras. Es verdad. También cabrían todos los cuadros del Prado en un teléfono móvil. Pero nadie cambiaría la emoción de contemplar un original por la comodidad de una reproducción. Con los libros ocurre exactamente igual. Y no es una batalla entre el papel y la tecnología. Sería absurdo plantearla así. Ambas pueden convivir. Lo que defiendo es algo mucho más sencillo, el derecho a conservar los pequeños rituales que nos hacen humanos. Como el tacto, el silencio, la espera, el aroma... Porque hay perfumes que pertenecen a nuestra biografía, como pueden ser el pan recién hecho, la tierra mojada tras la lluvia, el café de la mañana, el mar... y ese olor inconfundible que escapa de un libro cuando se abre por primera vez, o cuando vuelve a abrirse cincuenta años después.

Quizá algún día inventen una pantalla capaz de imitarlo todo en uno. No me extrañaría. Pero seguramente que seguirá faltándole lo esencial, que es la emoción de pasar una página sabiendo que, además de leer una historia, estamos tocando el tiempo. Y el tiempo, afortunadamente, de momento, todavía no puede descargarse.

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