De las guerras que nos afectan
No concibo en pleno siglo XXI un conflicto militar exclusivamente bilateral. Ni siquiera para el todo poderoso EE UU. Ni aun para la nuclearizada Rusia. A los hechos me remito. Tampoco en el caso de España respecto de Gibraltar, Marruecos o Argelia. ¿Alguien cree que un conflicto militar con Marruecos dejaría indiferente a Francia, a EE UU, a Argelia o al resto de Europa?. El contingente de defensa español tiene su esencia en nuestra contribución a la defensa mancomunada, más que en nuestra respuesta a un bis a bis con quien sea. Casos aparte serían nuestra respuesta nacional a incidencias de bajo nivel eludidas por la defensa común, o a contribuciones bilaterales de corte humanitario o de interposición. España y nuestro contexto soslayan la intervención militar como procedimiento primigenio de resolución de conflictos. Así que no alcanzo a comprender rearmes nacionales unilaterales, sino tan solo en el marco de nuestra contribución a una defensa conjunta perfectamente estructurada, en la que cada Estado miembro aporta lo recogido en el acuerdo compartido. Es más, el rearme que ahora están acometiendo unilateralmente Alemania, Japón o Polonia me genera cierta inquietud. Tal vez sea la memoria de la historia universal aún reciente lo que me suscita desasosiego. Sencillamente, porque estos Estados lo están llevando a cabo al margen de la defensa europea común, que de momento, por desgracia, no contemplo ni por asomo. Lo pone de manifiesto la ruptura aún caliente de Francia y Alemania en aras del avión de combate europeo. No es solo que el proyecto se haya ido al carajo, sino más bien lo que a ello ha dado lugar: la enorme rivalidad y desconfianza entre los socios, hasta el punto de truncar un pilar sustancial de la construcción europea. El caso es que si Alemania entra en conflicto, acabará salpicándonos de lleno a todos, en cuyo desencadenamiento, dicho sea de paso, no nos lo habremos comido ni bebido.
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