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A un Doctor, a un Equipo, a un Hospital. ¡Gracias!

9 de Julio del 2026 - Adolfo Soto Madera (Oviedo)

No fui yo la paciente. Pero puedo afirmar y afirmo que sí el sufridor. Mi esposa entró al quirófano con algo de nervios, y yo quedé a la puerta con mis nervios al completo más los que ella a la entrada dejó.

Operación compleja con añadidos que era obligado obviar. Se decidió operar porque los dolores eran de tal magnitud que la vida ya no era digna ni soportable. Operar para atajar tal dolor y evitar discapacidad, ese era el reto. Circunstancias desafortunadas demoraron hacerlo efectivo y el retraso produjo desánimo, estrés y desazón.

El Doctor -con mayúscula- analizó, planificó y decidió. Prescribió remedios para mitigar el sufrimiento que permitiesen a la paciente, en la demora, un vivir con casi normalidad. Marcó una pauta a seguir que, además de beneficiar la operación, facilitase la rehabilitación. Fijó fecha del preoperatorio, donde con palabras médicas que hasta yo entendía aclaró en qué consistía la operación, los riesgos -hasta con porcentajes- y los resultados que esperaba obtener. Citó para la operación. Operó por la tarde. Cinco horas esperamos a la puerta el quirófano. El Doctor tuvo la deferencia de comunicarnos el desarrollo y el resultado. "Todo perfecto", dijo. Respiré por fin, mis hijas también, y mis nietos, y... los yernos. Dos horas en rehabilitación -yo esperaba días-. Esa misma tarde a la habitación, la paciente durmió, yo no. Al día siguiente, entró el Doctor. Tras los brevísimos prolegómenos que impone la educación dirigiéndose a su paciente, le ordenó: "Levántese, siéntese con los pies en el suelo, calce las zapatillas esas tan guapas, pero que tienen que ser cerradas, ande hasta la ventana, apóyese en ella, levante y baje una pierna, y ahora la otra, dé la vuelta y métase en la cama...". Y la paciente obedeció: se levantó, se sentó, se puso de pie, anduvo, se apoyó, levantó un pie y el otro también... y volvió a la cama". Yo me senté en la butaca y, como diría mi nieta Pau, "flipé". Apenas reaccioné a la despedida del doctor limitándome a un inexpresivo "gracias". En mi mente bullía el concepto del bíblico "levántate y anda". Al día siguiente, inopinadamente -yo esperaba semanas de estancia-, a mi mujer le dieron el alta y yo temblando la llevé a casa. Una rehabilitación anunciada y programada al mes nos condujo a una revisión que placas radiográficas avalaron con resultados de "excelencia".

Era tal mi alegría que fui egoísta, maleducado y emocionalmente desactivado e inexpresivo. No supe exteriorizar en nombre de la paciente, de la familia y mío el agradecimiento que nos rebosaba. Retornamos a la paz, a la tranquilidad, al sosiego. Recuperamos la felicidad de una normalidad de vida tiempo atrás perdida. Y yo fui torpe e incapaz de evidenciárselo.

Doctor -con mayúscula- D. José María Torres Campa-Santamaría, GRACIAS por su profesionalidad, por su habilidad, por su empatía, por su delicadeza expositiva... GRACIAS extensivas a su secretaria, que tan amable y eficazmente nos ayudó en el protocolo del preoperatorio y rehabilitación. GRACIAS -por supuesto- a su Equipo, que holísticamente supo obviar los riesgos latentes y controlarlos. GRACIAS, también, al Hospital Centro Médico por rodearse de profesionales en todas las categorías y especialidades que garantizan una sanidad segura y de calidad, dotándoles de medios técnicos que contribuyen a exitosas intervenciones. Sin olvidar la pulcritud de cuidadas instalaciones que hacen menos ingrata la estancia de enfermos y pacientes A todos y por todo, GRACIAS.

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