Un pie detrás de otro
Me lo dijo mi padre cuando empecé a correr. La frase iba variando, pero la esencia se mantenía. "Un pie detrás de otro" o "Zancada a zancada" o "Piensa solo en el próximo árbol". Escribo que "empecé" a correr, en singular, porque él ya me llevaba varias décadas de ventaja, pero nunca fui sola. A mi lado siempre fue mi padre jurándome que pronto llegaría el día en el que pudiera correr sin pensar en nada y así, con la cabeza vacía, disfrutar del apacible silencio. Por supuesto, si has corrido alguna vez sabrás que esto es falso: yo escuchaba mi respiración acelerada y mis pisadas de plomo contra el suelo y sobre todo a mi cerebro, cuyo supuesto interruptor de apagado sigo buscando a día de hoy. De mi entrenador me frustraba eso y también que me prometiera que siempre iba "un paso detrás de mí", porque una mentira la acepto, pero dos ya son una burla. Mi padre iba, inequívocamente, siempre un paso por delante de mí, recordatorio constante de que él era más rápido y de que se sabía todos los recorridos y podía anticipar cada curva o desviación.
Escribe Murakami en "De qué hablo cuando hablo de correr": "Supongo que, mientras mi cuerpo me lo permita, aunque esté viejo y achacoso, y aunque la gente de mi entorno me sugiera cosas como 'Señor Murakami, ¿no cree que sería hora de ir dejándolo? Ya tiene usted una edad, ¿eh?', seguiré corriendo". Aunque su cuerpo aún no está viejo y achacoso, mi padre ha dejado de correr. 50 años de impacto pesan y ha decidido cambiar el asfalto por el mar, y mientras él nada cada mañana en su querida Escalera 2 yo salgo a correr sola. Pensé que iba a resultarme más satisfactorio confirmar que, si alguna vez me acompaña, es mi zancada la que se adelanta y su respiración pesada la que se escucha. Ahora cita a Machado y me habla de andar e ir haciendo el camino y a veces hasta de estelas en el mar, y yo le respondo que me gustaba más cuando él marcaba la ruta a seguir. Si esto es crecer, llévenme de vuelta a cuando mi padre iba un paso por delante de mí.
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