Lecturas veraniegas
El señor Santos Cerdán puede presumir, como lo hacía el marqués de Bradomín, de haber hecho de todo en la vida excepto subir en globo, haber entendido jamás la música de ese teutón que llaman Wagner, ni comprendido el amor de los efebos. Corrió delante de los Miura en San Fermín, fue experto en fusibles y chambonadas municipales, se paseó por toda España en un mercedes con sus compadres -uno no puede evitar acordarse de la canción de Kiko Veneno-, y montó un exitoso negocio de charcutería y otro de fontanería que le procuraron esa vida de rico a la que un buen socialista aspira cuando se afilia al partido. También estuvo una temporadita a la sombra y no precisamente de las palmeras, sino de los recios muros de Soto del Real, donde hallaría la inspiración para escribir: "La caída: Poder, relato y destrucción en la era del juicio político". Esto no debería ser motivo de sorpresa porque aquí hay más escritores que desempleados, todo el mundo quiere ganar el Planeta y vivir del cuento, y no es el primero, ni será el último, que ha entrado en el trullo como un chorizo y ha terminado saliendo convertido en un nuevo Cervantes. Qué duda cabe que la obra de Cerdán, cuyo título nos remite al mejor Gibbon, ha venido a revitalizar el género de la novela picaresca y es un libro muy recomendable para las vacaciones de verano, junto a "El conde de Montecristo" de Dumas, "Papillon" de Charrière, "El Padrino" de Puzo, "Tierra firme" de Pedro Sánchez y"Pedro Sánchez" de José María de Pereda. Lecturas refrescantes para no perder el hilo de la actualidad y soportar las horas muertas del estío, las disertaciones del cuñado de turno, el sermón de la parienta, las pataletas de los críos y las verbenas machaconas.
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