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Un futuro incierto

14 de Julio del 2026 - Fernando Vijande Fernández (CASTROPOL)

Al atardecer, después de una jornada larga de trabajo en el campo, se quedaba mirando el horizonte por si el enemigo aparecía por sorpresa y asaltaba las trincheras.

Era la primavera de 1940 y hacía poco menos de un año que había terminado la Guerra Civil. A los veteranos, como él, los habían licenciado y enviado a sus casas, pues ya no necesitaban tanto personal en los cuarteles y la mano de obra en los pueblos de España era imprescindible para reconstruir todo lo que la contienda había destruido.

Delfín, con 26 años, después de haber sido reclutado tres años antes por las tropas franquistas, contemplaba con pena los campos de su pueblo, cuarteados por una pertinaz sequía que ya duraba un año entero y no tenía visos de remitir.

En su casa vivían su madre,viuda, tres hermanas mayores y un hermano soltero de 18 años. Habitaban una casa y unas tierras arrendadas al señorito Iván.

El pago de la renta, en trigo, suponía más de la mitad de la cosecha. Con el resto de trigo y un poco de maíz se arreglaban para comer un mendrugo de pan al día acompañado de un poco de caldo, engañando así al hambre en las tripas.

La vida en los pueblos no era fácil. El trabajo en las tierras les consumía todas las fuerzas desde la salida del sol hasta la noche. Aquellos campos apenas daban sustento para sobrevivir. El estraperlo existía, pero estaba fuera del alcance de la mayoría: no había jornal que alcanzara para pagarlo y, además era peligroso. Si te sorprendían con aceite, azúcar o café sin poder demostrar su procedencia, podían caerte bastantes años de cárcel.

Un día llegó una carta de un pariente cercano emigrado a Argentina. En ella les contaba cómo era su vida y la enorme ilusión que le haría recibirlos en aquella tierra que prometía prosperidad y estaba llena de oportunidades.

Delfín, ilusionado con la misiva y ansiando una vida mejor, decidió emprender una nueva aventura. Algún día llegaría a Argentina, donde, según le decían, había trabajo, se ganaba dinero y cualquiera con esfuerzo podía progresar.

El pasaje desde La Coruña en un vapor correo costaba 442 pesetas en un camarote interior cerrado de tercera clase. El viaje duraba unos cuarenta días de navegación, con diversas escalas hasta arribar a Buenos Aires. Era jornadas de mar agitadas, con mareos continuos en algunos momentos y otros de calma chicha, en las que parecía que el vapor se deslizaba mansamente sobre un inmenso espejo de agua.

La incertidumbre era enorme, aunque el deseo de vivir una vida distinta era aún mayor. Delfín sopesaba las opciones de quedarse en España o enfrentarse a un futuro incierto en una tierra lejana y desconocida. No era una decisión fácil.

Por una parte estaba su madre, viuda desde hacía más de diez años, y sus hermanos, todos ellos subsistiendo sin apenas esperanza en una España que carecía de todo y donde las necesidades eran inmensas. Finalmente con gran pesar y zozobra, decidió marcharse a una tierra que no conocía.

Con los pocos ahorros reunidos durante su trabajo y el dinero que consiguió pidiendo prestado, endeudándose para poder costear el viaje, partió un día hacia Argentina, dejando atrás su tierra y embarcándose, nunca mejor dicho, en una aventura desconocida.

Nunca volvió al lugar del que había partido.

Hoy el viaje es, en muchos casos, en sentido contrario. Las ansias de progresar de quienes no tienen nada siguen siendo capaces de superar cualquier dificultad.

Muchos de los emigrantes que se fueron a América en los últimos años del siglo XIX formaron "Sociedades Patrióticas" para ayudar a España tras las pérdidas sufridas en la guerra de Cuba contra Estados Unidos. Gracias a los donativos recaudados, especialmente en Argentina y Uruguay, consiguieron costear un buque y donarlo a la Armada Española.

Aquel buque, un crucero acorazado, fue encargado a un astillero francés de Le Havre y entró en servicio en el año 1899 con el nombre "Río de la Plata".

Durante 30 años desempeñó diversos cometidos en los mares y costas españolas e internacionales. Finalmente fue retirado al puerto de Barcelona, donde sirvió como alojamiento para la marinería. Posteriormente, durante la Segunda República, fue desguazado.

En la capilla de Vilavedelle existe un cuadro, restaurado por la Casa de la Maestra y colaboradores, en el que aparece representado el crucero acorazado "Río de la Plata".

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