Al equipo de la octava planta de Otorrinolaringología del HUCA
Esta carta nace de una conversación familiar. Han pasado los días, hemos recordado lo vivido y todos llegamos a la misma conclusión: no podíamos dejar que el tiempo pasara sin haceros llegar nuestro agradecimiento.
Hace apenas un mes mi tío Poldo ingresó en vuestra planta tras recibir un diagnóstico que ninguno esperábamos. Él fue quien decidió cómo quería afrontar el final de su vida. Tomó una decisión meditada y profundamente personal: quería despedirse de los suyos sin prolongar un sufrimiento que consideraba inevitable. Solo nos pidió una cosa: que no hubiera caras largas, que no lloráramos delante de él y que compartiéramos aquellos últimos momentos de la forma más natural posible.
Al llegar a la habitación del hospital lo encontré mucho más delgado, pero con fuerzas. Hablamos, nos reímos, dimos un paseo hasta la sala de espera del fondo del pasillo y nos sentamos alrededor de una mesa. Hablamos más de lo humano que de lo divino y seguimos riendo de vez en cuando. Antes de marcharme le dije cuánto le quería al oído, desde bien cerca.
A la mañana siguiente, una llamada de teléfono de mi hermano me confirmó algo que ya intuía. Había pedido que lo sedaran. Nos dejó a las horas siguientes.
Sabemos que la excelencia profesional se presupone en un hospital como el HUCA. Lo que no siempre se puede enseñar es la calidad humana. Esa nace de las personas. Y vosotros la demostrasteis en cada gesto, en cada conversación y en cada muestra de afecto.
No olvidaremos cómo fuisteis entrando para despediros de Poldo. Los abrazos, las miradas, el cariño con el que abrazasteis a mi tía y al resto de la familia. Algunas ni siquiera pudisteis ocultar vuestra emoción. Aquellos gestos nos hicieron comprender que para vosotros las personas nunca dejan de ser personas, incluso cuando vuestro trabajo os obliga a convivir cada día con el sufrimiento y la despedida.
En nombre de toda nuestra familia, gracias por vuestra profesionalidad, por vuestro respeto, por vuestra cercanía y, sobre todo, por recordarnos que la medicina también se ejerce con una mirada, con una sonrisa, con una mano tendida y con un abrazo.
Gracias por ello.
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