El arrogante Simplicius
No hay actitud más deprimente en el universo del chiste o chascarrillo que la del andaluz obligado con la excelencia legendaria del natural gracejo de su tierra, sin haber sido bendecido con tal virtud. Algo así le ocurre a Rajoy, expresidente del Gobierno de España, conocido y reconocido por la escasa habilidad demostrada en numerosas ocasiones y circunstancias en el manejo verbal de sus pensamientos y sentimientos, hecho que procuró ocultar en la tribuna de oradores del hemiciclo, en los turnos de réplica, amparándose tras un reguero de recursos fallidos, en modo irónico, muy jaleados por la adulación indisimulada de su bancada. Así sobrevivió dialécticamente a lo largo y ancho de su recorrido político, que no fue precisamente breve, hasta que el vendaval de la corrupción política conservadora lo devolvió al despacho del Registro de la Propiedad. Incoherencias, conclusiones elaboradas sin reglas gramaticales, frases indescriptibles y contradictorias, uso de un lenguaje absurdo e incomprensible, propio de la primerísima etapa de la puericia. Así queda registrada para la posteridad toda la estridencia expositiva del inefable M. Rajoy. En fin, un personaje político que no pasará a los anales del Congreso por ser dueño de un discurso florido e imaginativo. Tampoco las ocurrencias de esta celebridad de la política parecen ser una manifestación de sutileza intelectual. Si no me creen, consulten a los franceses.
Una vez más, la insolvencia reflexiva de Rajoy -Raxoi en lengua gallega- pone al descubierto su ideología nacionalcatólica, caracterizada por una indisimulada aversión al extranjero y exaltación racial nacionalista. Con demasiada frecuencia, la emotividad y entusiasmo le hacen olvidar la responsabilidad que sus palabras proyectan más allá de los límites de su lustrosa y luminosa cortedad.
La penúltima proeza literaria del gallego en forma de gracieta futbolera, exhibe una total carencia de vergüenza diplomática y manifiesta, con la torpeza de un estegosaurio -animal prehistórico poseedor de un cerebro tamaño nuez en un cuerpo gigantesco-, una indisimulada animadversión hacia el pueblo francés, en el fallido intento de ilegitimar el buen hacer futbolístico de la selección francesa, poniendo al descubierto la ridiculez simplona y arrogante del individuo. Y lo peor es que, aun siendo de pésimo gusto lo manifestado, lejos de pedir perdón por la metedura de pata filonazi, se regodea en la arrogancia.
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