Salas, donde las piedras aprendieron a hablar con las personas
Hay pueblos que se visitan y otros que, sin saber muy bien por qué, terminan habitando dentro de uno.
Salas pertenece a esa segunda categoría.
Quien llega por primera vez suele quedarse fascinado por la armonía de su silueta medieval, por la sobria elegancia del Palacio Valdés-Salas o por la majestuosidad de la Colegiata de Santa María la Mayor. Pronto descubre que el Camino Primitivo de Santiago atraviesa la villa como una arteria viva desde hace más de mil años y comprende que aquí la historia no permanece encerrada en los libros: continúa caminando por las calles, latiendo entre sus muros y asomándose a cada rincón.
Pero quienes conocemos Salas sabemos que nunca ha sido únicamente un conjunto monumental.
Salas no es solo un lugar.
Es un carácter.
Un carácter forjado por quienes cultivaron estas tierras, levantaron sus negocios, impulsaron sus empresas, acogieron a los peregrinos y aprendieron a afrontar las dificultades con serenidad. Porque, si algo distingue a esta villa, no es únicamente la belleza de sus piedras, sino la forma en que sus gentes han sabido convivir con el paso del tiempo sin perder nunca su identidad.
Quienes hemos crecido viendo pasar la vida desde un mostrador sabemos que un pueblo puede contarse observando a sus vecinos, escuchando las conversaciones que se repiten generación tras generación y comprobando cómo cambian los tiempos sin que cambie la esencia. En Salas, muchas familias han recorrido ese mismo camino: adaptarse a cada época sin perder el vínculo con una tierra donde el trabajo nunca ha sido solo un medio de vida, sino una forma de entender la dignidad.
Esa es, quizá, la verdadera fortaleza de esta tierra.
Salas ha sabido conservar un comercio cercano y dinámico, una hostelería que recibe al viajero con la hospitalidad de quien abre la puerta de su propia casa, una red de pequeños empresarios, profesionales, ganaderos y agricultores que sostienen la economía local y un tejido humano que entiende el trabajo como un compromiso con la comunidad. Aquí el peregrino deja de ser un extraño para convertirse, aunque solo sea por unas horas, en un vecino más.
A ese impulso se suma una actividad industrial que también ha contribuido a escribir la historia reciente del concejo.
La factoría de Danone simbolizó durante décadas el encuentro entre el mundo rural y la industria agroalimentaria. Dio empleo, fijó población y abrió nuevas oportunidades para muchas familias. Cuando se anunció su cierre, la respuesta no fue individual, sino colectiva. Vecinos, trabajadores e instituciones comprendieron que defender aquella actividad era defender una parte de la identidad de Salas. La llegada posterior de un nuevo proyecto industrial, capaz de ampliar las instalaciones y mantener vivo ese legado, demostró que esta tierra conserva intacta su capacidad para reinventarse sin renunciar a sus raíces.
Ese mismo espíritu se manifestó con motivo del argayo de Casazorrina. Lo que para muchos podía parecer un problema exclusivamente viario, para los salenses se convirtió en una causa común. Porque las comunicaciones no son solo carreteras: son oportunidades, empleo, cohesión y futuro. La respuesta fue un ejemplo de unidad, de reivindicación serena y de compromiso con el porvenir de toda una comarca.
Porque Salas nunca ha esperado resignada.
Ha sabido organizarse.
Ha sabido luchar.
Y ha sabido hacerlo siempre desde la convicción de que los problemas compartidos solo pueden resolverse de manera compartida.
Quizá ese carácter tenga mucho que ver con el lugar que ocupa Salas en Asturias. Tierra de encuentro entre el occidente y el centro, entre la montaña y la costa, entre el mundo rural y el Camino que, desde hace más de un milenio, trae hasta aquí a gentes de todos los rincones. Queda el poso de los antiguos pésicos, también nos identifican con el carácter sefardí, la memoria de quienes hicieron del viaje, del intercambio y de la hospitalidad una manera de vivir. Sea historia o leyenda, permanece una misma forma de mirar al otro: con respeto, con curiosidad y con la voluntad sincera de acoger.
Tal vez por eso el Camino Primitivo nunca pasa de largo.
Se queda.
Se queda en las conversaciones compartidas alrededor de un café. En el saludo que todavía desconoce las prisas. En el comerciante que conoce a sus clientes por su nombre. En el voluntario que prepara una fiesta sin esperar reconocimiento. En quienes dedican horas, de manera silenciosa y generosa, a restaurar una capilla, mantener vivo un club deportivo, organizar una actividad cultural o preservar una tradición.
Ese tejido asociativo, construido con el esfuerzo de tantas personas anónimas, constituye probablemente el patrimonio más valioso de Salas. No aparece en las fotografías ni figura en los folletos turísticos, pero sostiene la vida cotidiana de la villa con una naturalidad admirable.
Después de toda una vida observando Salas, uno comprende que un pueblo no lo hacen únicamente sus edificios.
Lo hacen las personas.
Las que emprenden.
Las que regresan.
Las que resisten.
Las que cuidan.
Las que enseñan a los más jóvenes que las raíces no son un lugar donde permanecer inmóviles, sino el punto desde el que seguir creciendo.
Por eso, la candidatura de la villa de Salas al premio "Pueblo ejemplar de Asturias", impulsada por la Asociación de Sidra Casera, trasciende con mucho un reconocimiento institucional. No aspira únicamente a poner en valor un extraordinario conjunto histórico. Presenta la historia viva de una comunidad que ha sabido conservar su patrimonio sin convertirlo en un museo; proteger su comercio sin renunciar a la modernidad; defender su industria cuando fue necesario; reclamar unas comunicaciones dignas; abrir sus puertas al peregrino con la misma hospitalidad de hace siglos y construir su futuro desde la convicción de que nadie avanza solo.
Hay lugares que impresionan por lo que fueron.
Salas emociona por lo que sigue siendo.
Quizá ese sea el verdadero significado de un "Pueblo ejemplar": no la ausencia de dificultades, sino la capacidad de afrontarlas sin perder la identidad, la solidaridad ni el sentido de comunidad.
Y quizá por eso, en Salas, las piedras aprendieron a hablar.
Porque durante siglos han escuchado a personas que nunca dejaron de hacerlo entre ellas.
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