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España y Argentina: el mundo necesita ver ese abrazo

18 de Julio del 2026 - José Viñas García (OVIEDO)

España y Argentina: el partido que puede recordar al mundo que antes fuimos hermanos que rivales.

Noventa minutos no pueden borrar cinco siglos de historia. Confundir una cosa con la otra es el primer síntoma del fanatismo.

Hay algo que españoles y argentinos estamos olvidando. Y no es un detalle menor. Es una tragedia silenciosa.

El forofismo nos está robando la cabeza y, con ella, la capacidad de escucharnos.

Da igual que sea por un balón o por una papeleta. Cuando el fanatismo entra por la puerta, la inteligencia salta por la ventana. Los argumentos se desvanecen, los hechos dejan de importar y el relato sustituye a la verdad. Dejamos de pensar para obedecer, de escuchar para gritar y de debatir para insultar.

Y así, casi sin darnos cuenta, convertimos al rival en enemigo.

Por eso esta final del domingo es mucho más que un partido de fútbol.

Es una oportunidad para demostrar al mundo que se puede competir con toda el alma sin perder el respeto. Que se puede dejar la piel por una camiseta y, cuando el árbitro señale el final, estrechar la mano del rival y reconocer su mérito. Eso es el deporte. Lo demás es ruido.

Porque España y Argentina no son dos países cualquiera.

Son dos pueblos unidos por una historia que ningún político, ningún tertuliano y ningún ignorante podrán borrar jamás.

Tenemos la misma lengua. Tenemos una herencia cultural común. Compartimos raíces, costumbres, apellidos, tradiciones y una forma de entender la vida que cualquiera reconoce a ambos lados del Atlántico.

Y conviene recordar algunas cosas que hoy parecen olvidarse.

La FIFA llegó a plantearse al comienzo del torneo que el español no pudiera utilizarse en determinadas ruedas de prensa. Precisamente cuando el campeonato se disputaba en países donde viven decenas de millones de hispanohablantes: México, el país con más hablantes nativos del mundo, y Estados Unidos, donde el español forma parte de la vida cotidiana de millones de personas. Después rectificó. Pero durante un instante nos hizo sentir que nuestra lengua era secundaria.

No lo es.

Es una de las grandes lenguas de la humanidad.

También compartimos una historia que demasiadas veces se cuenta de forma simplista.

Argentina formó parte de la Monarquía Hispánica y, desde 1776, del Virreinato del Río de la Plata. Aplicar sin más el concepto moderno de "colonia" a aquella realidad histórica es, para muchos historiadores, un anacronismo.

Podemos discutir el pasado cuanto queramos. Lo que no podemos negar es una evidencia: somos sangre de nuestra propia sangre. Somos pueblos hermanos.

Y ese vínculo sigue vivo.

Argentina es uno de los países donde más españoles viven, trabajan y forman una familia. España, a su vez, es el país donde más argentinos residen fuera de su patria. Millones de personas cruzan el océano en un sentido y en otro buscando oportunidades, amor, futuro o simplemente una vida mejor.

Precisamente por eso entristece ver a una minoría de argentinos que, viviendo en España y habiendo encontrado aquí un hogar, lanzan consignas insultantes contra los españoles.

Eso no representa a Argentina.

Como tampoco representan a España quienes responden con el mismo odio.

Eso no es pasión.

Eso no es fútbol.

Eso es fanatismo.

Y el fanatismo siempre termina destruyendo aquello que dice defender.

Debemos jugar un gran partido. Con intensidad. Con orgullo. Con calidad. Con coraje. Que nadie regale un metro. Que nadie renuncie a competir.

Pero cuando todo termine, quiero que el mundo vea algo mucho más importante que el resultado.

Quiero una fotografía de las dos selecciones abrazadas.

Quiero que el vencedor felicite al derrotado.

Quiero que el derrotado reconozca al vencedor.

Quiero que esa imagen dé la vuelta al planeta y recuerde que dos pueblos hermanos pueden enfrentarse con toda la pasión del mundo sin dejar de respetarse.

Porque eso vale mucho más que cualquier trofeo.

El fútbol y la política tienen una virtud extraordinaria: despiertan emociones.

Pero también comparten un enorme peligro cuando se convierten en fanatismo.

Enfrentan a hermanos.

Rompen amistades.

Dividen familias.

Convierten al vecino en enemigo.

Y eso nunca debería ocurrir.

Echo de menos aquellos cafés donde cada uno llegaba con un periódico distinto bajo el brazo. El País, ABC, La Nueva España, Diario 16, Marca, AS, Sport, Mundo Deportivo...

Se discutía.

Se debatía.

Se levantaba la voz.

Pero al terminar el café todos seguían siendo amigos.

Hoy demasiadas familias evitan hablar de política para no terminar enfadadas. Hay amigos que dejan de verse. Vecinos que ya no se saludan. Personas que rompen relaciones por una papeleta o por una camiseta.

Hemos cambiado el diálogo por el trincherismo.

En España esa polarización se ha agravado con decisiones políticas que una parte importante de la sociedad considera incompatibles con la igualdad ante la ley: los acuerdos del Gobierno de Pedro Sánchez con partidos independentistas, la ley de amnistía, la condonación de deuda, la cesión de competencias y otros pactos alcanzados para asegurar apoyos parlamentarios. Quienes respaldan esas medidas las consideran legítimas dentro del marco constitucional; quienes las rechazan creen que suponen un grave deterioro institucional. Esa fractura refleja hasta qué punto la política ha dividido a la sociedad española.

Y precisamente por eso el deporte debería recordarnos aquello que la política parece haber olvidado.

Que el adversario no es un enemigo.

El domingo yo quiero que gane España.

Como argentino, cualquiera querrá que gane Argentina.

Eso es lo natural.

Lo que no es normal es odiar al otro por querer exactamente lo mismo para su país.

Una sociedad solo avanza cuando aprende a convivir con quien no piensa igual.

El mundo tampoco necesita dirigentes que vivan de enfrentar a unos ciudadanos con otros o a unos pueblos con otros. Necesita líderes capaces de unir, de tender puentes y de demostrar que gobernar consiste en coser sociedades, no en romperlas.

Donald Trump pasará.

Javier Milei pasará.

Pedro Sánchez también pasará.

Como pasaron tantos otros antes que ellos.

Pero España y Argentina seguirán compartiendo una lengua, una historia, una cultura y millones de familias repartidas entre las dos orillas del Atlántico.

Eso vale infinitamente más que cualquier gobierno.

Y mucho más que cualquier resultado deportivo.

Porque el domingo habrá un campeón.

Pero dentro de cien años casi nadie recordará quién levantó esta copa.

En cambio, España y Argentina seguirán llamándose pueblos hermanos.

Ojalá, cuando el árbitro pite el final, el mundo no recuerde solo el resultado.

Ojalá recuerde el abrazo.

Porque las copas llenan las vitrinas.

Los abrazos llenan la Historia.

Y hoy el mundo necesita muchos más abrazos que campeones.

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