Idiota, imbécil e ingenuo sin protección
Por enésima vez no puedo acceder a mi correo electrónico. Odio que Microsoft diga que mi contraseña es incorrecta y que ya lo he intentado demasiadas veces, cuando es correcta y solo lo intenté una vez.
Ahora todos hacen lo mismo. No te dejan iniciar sesión solo con la contraseña.
Tienes que darles otro correo electrónico, tu teléfono, tu dirección, hasta tu brazo derecho, tu mujer o tu primogénito, y completarlo con un código de 6 dígitos enviado por SMS.
Es una bajeza el recurso de decirme que mi contraseña es incorrecta cuando es correcta. Termino por convencerme de que soy un idiota.
¡A la mierda con la seguridad, quiero acceder a mi correo electrónico!, aun en el caso de que tampoco el INSS me permita usarlo para hacerle una reclamación. En este proceso, que realizo un montón de veces, me dicen que rellene un formulario para analfabetos con cuatro datos básicos: Nombre, DNI, Dirección y Asunto (breve). Para analfabetos, ya digo.
Pues no hay tu tía. El mensaje no sale de mi ordenador y aparece un aviso emergente con fondo negro, modelo esquela, con un contador de "tiempo restante" y un insultante texto que minimiza mi personalidad y autoestima en los términos siguientes: "Su navegación en nuestra web ha sido considerada sospechosa de ser automatizada y la hemos rechazado, por favor, vuelva a intentarlo".
Lo sigo intentando como un imbécil, hasta que me doy cuenta de que soy un imbécil.
No tiene remedio, así que... pelillos a la mar.
Mi atención máxima estaba en el evento deportivo del mes, correspondiente al partido de semifinal del Mundial de Fútbol contra Francia. Por supuesto, pensaba disfrutarlo en casa, sin distracción, sin ruidos, ni personas o interferencias que me distraigan ¡Qué ingenuo!
A todos nos ha pasado que, debido al desfase entre TDT, streaming y otras plataformas (cada salto tecnológico añade segundos de retraso para garantizar que la señal que captan nuestros receptores sea inmaculada), lleguemos a tal punto que en un mismo bar puede haber dos retransmisiones con unos cinco segundos de diferencia entre ellas, lo que se traduce en que el tío que tienes a tus espaldas puede estar celebrando un gol, mientras tú aún estás viendo al adversario con el balón en el centro del campo.
Antes vivíamos en la felicidad que te da la ingenuidad, instalados en la idea, falsa pero reconfortante, de que todos estábamos viendo lo mismo. Este desfase nos ha recordado que hay un partido por cada espectador. Algo bastante extrapolable a otros ámbitos sociales y, sobre todo, políticos.
Pues sí, algo así me sucedió el martes. Mientras estaba viendo en la tele un contraataque que nos acercaba al área francesa, en la calle ya habían cantado el gol de "Porro" ("Raya" estaba en el banquillo, no fuera a ser que, con los dos en el campo, diéramos positivo).
Se demuestra que hemos perdido todo tipo de protección. Ni siquiera ver el Mundial en tu casa es una garantía. Basta con tener un déficit inmobiliario en la acústica, la ventana abierta o un bar a veinte metros para que un volador activado, o el grito de "¡goool!" de la peña, arruinen el misterio, ¡Soy un ingenuo!
Afortunadamente, pasamos por encima de los Mbapé, Dembelé y cía., ganándoles por 2-0. El domingo nos toca repetir con la Argentina del "prejubilado" Messi para cerrar el círculo.
Saludos cordiales.
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