España ganó mucho más que una final
España no solo ganó un título. Dio una lección de fútbol, de respeto y de educación deportiva.
Hay equipos que levantan copas. Y hay equipos que, además, dignifican el deporte. Esta selección hizo las dos cosas.
Da gusto verla jugar. No necesita teatro, ni provocaciones, ni montar un circo. Habla con el balón. Lo acaricia, lo mueve, lo esconde y, cuando quiere darte el golpe definitivo, te lo da jugando al fútbol. Así de simple.
Enfrente hubo demasiado ruido y muy poco fútbol.
Varios jugadores argentinos y parte de su cuerpo técnico volvieron a demostrar que no saben perder. Cuando el partido se les escapó, apareció el repertorio de siempre: protestas, empujones, malas caras y enfrentamientos. El fútbol terminó cuando pitó el árbitro; el espectáculo lamentable empezó después.
Y no, eso no es pasión. Eso es no aceptar que el rival ha sido mejor.
Lo curioso es que algunos siguen vendiendo el relato de una Argentina guerrera y entregada. ¿Entregada? Puede ser. ¿Superior? Ni de lejos. En más de 120 minutos fueron incapaces de tirar un solo balón entre los tres palos. Esa es la realidad. Lo demás son excusas.
Lo mejor es que muchos periodistas argentinos sí estuvieron a la altura. Reconocieron la evidencia y felicitaron a España sin buscar coartadas. Quien ama el fútbol sabe reconocer al mejor, aunque vista otra camiseta.
Lo peor llegó con algunos dirigentes políticos, incapaces de felicitar al campeón. Prefirieron aplaudir una derrota antes que reconocer una superioridad incontestable. Ese sectarismo también empobrece el deporte.
Y la guinda fue la entrega de medallas: gestos de desprecio, malas caras y una imagen impropia de quienes representan a un país en una final internacional.
El respeto no se demuestra cuando ganas. Se demuestra cuando pierdes.
España ganó el partido. Ganó el título. Pero, sobre todo, ganó el respeto de cualquiera que entienda que el fútbol es competir con intensidad, no con soberbia.
Porque los campeones levantan copas.
Los grandes, además, dejan ejemplo.
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