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Aplausos para el PET, no solo para el VAR

26 de Julio del 2026 - Manuel Capellán Pérez (Gijón)

Confieso que, a estas alturas de la vida, me siento algo descolocado en esta sociedad. No por nostalgia —cada época tiene sus códigos y sus ritmos—, sino porque vivimos rodeados de avances que transforman nuestra vida diaria: diagnósticos impensables hace una generación, comunicaciones instantáneas, energía más limpia, materiales más seguros, algoritmos capaces de detectar enfermedades antes de que aparezcan los síntomas, y, sin embargo, quienes hacen posible todo esto —científicos, tecnólogos, ingenieros, médicos, profesores— siguen siendo figuras discretas, casi invisibles para el gran público.

Mientras tanto, un joven deportista capaz de hacer malabares con un balón puede convertirse en referente de toda una generación. No tengo nada en contra del deporte ni del espectáculo; forman parte de nuestra vida y generan ilusión. Pero me pregunto por qué un cirujano que salva vidas, un científico que desvela un secreto de la naturaleza o un tecnólogo que diseña una máquina capaz de producir antimateria para un PET —la Termografía por Emisión de Positrones, una herramienta que permite diagnosticar un cáncer a tiempo— pasan por la vida sin el reconocimiento social que merecen.

Esta ceguera colectiva tiene consecuencias reales. No es solo una cuestión de aplausos, sino de prioridades: mientras nos desvivimos por el último algoritmo de una red social diseñado para retener nuestra atención, condenamos a menudo a nuestros investigadores a la precariedad. Es paradójico que depositemos nuestro futuro en la inteligencia artificial o la computación cuántica mientras permitimos que el talento humano que debe programarlas, alimentarlas y supervisarlas trabaje, demasiadas veces, en condiciones de interinidad y olvido.

No se trata de contraponer mundos ni de restar valor a nadie. Se trata de aspirar a que en nuestras conversaciones convivan nombres como Severo Ochoa, Margarita Salas, Alan Turing o Marie Curie con la misma naturalidad con la que hablamos de Maradona o Mbappé. De que un penalti revisado en el VAR no eclipse por completo un descubrimiento científico que mejora la vida de millones de personas.

Quizá el problema esté en cómo entendemos la palabra cultura. La cultura es, ante todo, el conjunto de conocimientos, valores y herramientas que una sociedad transmite para progresar. Y en pleno siglo XXI, ese progreso pasa inevitablemente por la ciencia y la tecnología.

Me gustaría que dejáramos de mirar la ciencia como un territorio ajeno, frío o inaccesible. Que la acerquemos a los jóvenes no como una asignatura, sino como una forma de comprender el mundo frente al ruido de la inmediatez digital. Que reconozcamos públicamente a quienes dedican su vida a enseñar, investigar, innovar y construir. Que entendamos que detrás de cada avance hay personas que trabajan con la misma pasión que un artista o un deportista de élite.

No estoy en contra de nada; estoy a favor de algo muy simple: que quienes sostienen el progreso reciban más —o, como mínimo, el mismo— respeto y admiración que quienes sostienen el entretenimiento. Que la sociedad mire a sus científicos, profesores y tecnólogos con orgullo. Que hablemos más de lo que nos hace avanzar que de lo que nos distrae.

Me cuesta aceptar que el grito de un gol suene siempre más fuerte que el silencioso y constante avance de un laboratorio. Al final del día, cuando la luz del estadio se apaga, lo que nos queda es el conocimiento. Quizá algún día la ciencia ocupe, por fin, el lugar que merece: ser la expresión más alta de la cultura.

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