Cómo proteger el sistema dunar del Espartal sin perjudicar su uso público
Cada verano, miles de personas disfrutan de la playa de Salinas y del sistema dunar del Espartal. Es uno de los espacios naturales más emblemáticos del litoral asturiano y, al mismo tiempo, uno de los más utilizados por vecinos, deportistas y visitantes. Esa doble condición hace que, cada cierto tiempo, resurja el mismo debate: ¿es posible proteger las dunas sin limitar el disfrute de la playa?
Mi respuesta es sí.
Durante demasiado tiempo se ha planteado esta cuestión como una elección entre conservación y uso público. Sin embargo, la experiencia demuestra que ambas cosas pueden y deben ser compatibles cuando las decisiones se apoyan en criterios científicos y en una planificación adecuada.
Las dunas no son un elemento decorativo del paisaje. Constituyen un sistema vivo que protege el interior frente a los temporales, almacena arena, alberga especies vegetales y animales adaptadas a condiciones extremas y contribuye a mantener el equilibrio natural de la playa. Cuando una duna desaparece o se degrada, no solo perdemos biodiversidad; también disminuye la capacidad natural de la costa para responder a la erosión y a los efectos del cambio climático.
Pero proteger este patrimonio no significa cerrar la playa ni convertir el Espartal en un espacio inaccesible. Significa gestionar mejor.
La presión humana, especialmente durante los meses de verano, provoca el pisoteo continuado de la vegetación que fija la arena. A ello se suman los temporales, la subida del nivel del mar y otros procesos naturales que modifican constantemente la línea de costa. Pretender detener esa dinámica sería un error, porque precisamente el movimiento de arena forma parte del funcionamiento natural de una playa.
La clave está en ordenar el uso, no en prohibirlo.
Es posible diseñar accesos que concentren el paso de personas por zonas concretas, restaurar áreas degradadas con vegetación autóctona, mejorar la señalización para explicar el valor ecológico del sistema dunar y realizar un seguimiento científico periódico que permita evaluar la eficacia de las medidas adoptadas. Todo ello sin impedir que vecinos y visitantes continúen disfrutando de uno de los lugares más representativos de Castrillón.
La educación ambiental también desempeña un papel fundamental. Cuando las personas comprenden por qué no deben atravesar determinadas zonas o por qué una pequeña planta resulta esencial para fijar la arena, la conservación deja de percibirse como una imposición y pasa a convertirse en una responsabilidad compartida.
El Espartal no necesita enfrentamientos entre administraciones, colectivos o usuarios. Necesita consenso, planificación y conocimiento. Asturias cuenta con profesionales, investigadores y entidades capaces de aportar soluciones basadas en la evidencia científica, alejadas tanto del inmovilismo como de las decisiones improvisadas.
Castrillón posee un patrimonio litoral excepcional. Conservarlo no es un obstáculo para el desarrollo turístico ni para el disfrute ciudadano; al contrario, es la mejor garantía de que las generaciones futuras podrán seguir disfrutando de un paisaje que forma parte de nuestra identidad.
El verdadero reto no consiste en decidir entre proteger o utilizar el Espartal. El reto es demostrar que una gestión inteligente puede hacer compatibles ambas cosas. Esa debería ser la dirección hacia la que caminemos como municipio.
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