La prevención no da votos, pero salva vidas
Cada vez que un gran incendio o una riada arrasan una parte de nuestro país, asistimos al mismo espectáculo: declaraciones solemnes, promesas, reparto de culpas y fotografías para los medios. Pasados unos días, todo vuelve a caer en el olvido... hasta la siguiente tragedia.
No solo hemos abandonado nuestros pueblos, sino también la sabiduría de quienes los habitaban. Fueron generaciones enteras las que limpiaban los montes, desbrozaban caminos y mantenían el campo en condiciones. Con sus animales y su trabajo diario eran, sin saberlo, los auténticos bomberos de nuestras zonas rurales durante todo el año. Aquella labor de prevención ha desaparecido y nadie la ha sustituido.
Al mismo tiempo, desde hace décadas se permite construir junto a masas forestales o se rodea la vivienda de cierres enormes y arboles que son puras teas para destruir la vivienda en minutos; en valles que los ríos han utilizado siempre como cauces naturales cuando llegan las grandes crecidas. Luego nos sorprendemos de que el fuego alcance las viviendas o de que las inundaciones destruyan barrios enteros. No hay nada nuevo. Nuestros antepasados conocían perfectamente esos riesgos y, por eso, evitaban edificar donde la naturaleza terminaba reclamando su espacio.
Todos recordamos los grandes cortafuegos que separaban unos montes de otros. Hoy, en demasiados lugares, solo encontramos maleza y arbustos que actúan como una auténtica mecha cuando llega el verano. Después, los responsables políticos se limitan a culparse unos a otros por las competencias o a señalar a los pirómanos, que, sin duda, existen. Pero reducir el problema a eso es engañar a la sociedad.
Tengo que decirles algo a los ecologistas y animalistas: un entorno, por sí solo y sin la intervención del ser humano, puede convertirse en un paraíso para la fauna salvaje y para quienes disfrutan observándola con unos prismáticos. Sin embargo, cuando se abandona por completo su gestión, el riesgo de incendios devastadores aumenta. Y este tipo de incendios no distingue entre especies ni ideologías: arrasa bosques enteros y destruye todo aquello que se pretende proteger. No deja nada: ni fauna, ni flora.
Todo consiste en prever, prevenir y disponer de medios suficientes para actuar con rapidez. Cuando coinciden temperaturas extremas, baja humedad y viento fuerte, cualquier imprudencia, una tormenta seca, una colilla mal apagada o una simple chispa pueden desencadenar un incendio imposible de controlar.
Después llega la explicación habitual: el cambio climático. Nadie niega que pueda influir en determinados fenómenos, pero tampoco puede utilizarse como excusa para justificar décadas de abandono, de falta de limpieza de los montes y de una planificación urbanística irresponsable.
La realidad es que la prevención ha dejado de ser una prioridad política en todo, en la sanidad también. Y eso tiene consecuencias.
La sensación de abandono es tan profunda que ya cuesta encontrar un ámbito que funcione con normalidad. Persisten las listas de espera en la sanidad, el acceso a la vivienda sigue siendo un problema para miles de familias, faltan residencias dignas para nuestros mayores, la inflación sigue castigando a los ciudadanos, la seguridad preocupa cada vez más, la inmigración plantea importantes desafíos de gestión y el turismo masivo genera problemas que nadie parece dispuesto a afrontar con eficacia.
En lo referente a incendios e inundaciones, la solución pasa por la prevención. No debería permitirse construir allí donde el fuego o las riadas pueden alcanzar las viviendas. Es imprescindible recuperar la limpieza de nuestros montes y crear verdaderos cortafuegos alrededor de pueblos y urbanizaciones. Hoy disponemos de maquinaria y tecnología para hacerlo; antes, todo se realizaba manualmente y, aun así, se hacía.
Que nadie diga que antes no existían incendios o inundaciones. Existían. La diferencia es que los montes estaban cuidados, los cauces se respetaban y los daños, por lo general, eran mucho menores.
Si quienes nos gobiernan no son capaces de resolver problemas tan esenciales como la sanidad, la vivienda o unas residencias adecuadas para nuestros mayores, resulta difícil confiar en que afronten con eficacia retos mucho más complejos. Da la impresión de que demasiados responsables públicos están más preocupados por colocarse unos a otros, protegerse políticamente y garantizar su futuro que por resolver los problemas reales de los ciudadanos. Criticaban las puertas giratorias y hoy parece que, además de mantenerlas, hasta les han quitado las bisagras.
Así es imposible recuperar la confianza.
Ojalá llegue el día en que pueda escribir un artículo para felicitar a quienes gobiernan por hacer bien su trabajo. Sería una magnífica noticia para todos. Pero, mientras la realidad siga siendo la que vivimos, callar sería una irresponsabilidad.
Porque la prevención salva vidas. La dejadez, tarde o temprano, acaba pasando factura. Y esa factura, por desgracia, siempre la pagan los ciudadanos.
Ante una catástrofe no deberían existir excusas, disputas políticas ni refugiarse en las competencias de cada Administración. Cuando hay vidas humanas en peligro, hogares destruidos y familias que lo han perdido todo, todas las administraciones tienen la obligación de actuar como una sola, con la máxima rapidez y coordinación, sin esperar a que nadie se lo pida ni a que un procedimiento administrativo les autorice a hacerlo.
La prevención y la respuesta inmediata no entienden de colores políticos ni de competencias. Mientras unos discuten sobre quién debía actuar primero o quién tiene la responsabilidad, el fuego sigue avanzando, las riadas continúan arrasando y los ciudadanos siguen perdiéndolo todo.
Culparse unos a otros solo demuestra incapacidad y falta de liderazgo. Los ciudadanos no necesitan gobernantes preocupados por salvar su imagen o repartir responsabilidades. Necesitan responsables públicos capaces de prever, prevenir y actuar con eficacia. Buscar excusas después de la tragedia nunca sustituirá el deber de haber hecho antes lo necesario para evitarla o reducir sus consecuencias.
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