Detrás de la camiseta: el peligro de transformar el fútbol en trinchera
Tengo raíces compartidas, me crie en Argentina, resido en Oviedo y en los últimos días he visto cómo la alegría deportiva colectiva se transformaba en un trago amargo. No me entra en el pecho tanta tristeza al ver que los triunfos de la selección de mi país han desatado una preocupante ola de odio, xenofobia y resentimiento en el entorno digital y mediático. Ganar en la cancha nos costó a los argentinos décadas de esfuerzo, lágrimas y caídas. Sin embargo, comprobar que el reconocimiento global es el desprecio generalizado hacia nuestra identidad es algo que me duele profundamente en el alma.
Debemos aprender a distinguir el folclore sano de la violencia verbal. Una cosa es la rivalidad de la grada y la cargada ingeniosa; otra muy distinta es utilizar una camiseta como trinchera para insultar la historia de todo un pueblo. Se nos estigmatiza en masa y se justifica la agresión bajo la excusa de que "somos argentinos", como si nuestro origen nos restara el derecho al respeto más elemental.
El fútbol es hijo de la globalización y la mezcla de culturas. El deporte que a mí me enseñaron es el que abraza al rival al terminar los noventa minutos, reconoce la grandeza ajena y entiende que una pelota rueda para unir culturas, nunca para dividirlas. No pretendo que todo el mundo aliente a la Argentina, pero sí exijo que se respete a mi gente. Ganar no nos hace mejores que nadie, pero tampoco nos convierte en el blanco legítimo del odio ajeno. Recuperemos la nobleza del juego y devolvamos al deporte la dignidad que el odio le pretende arrebatar.
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