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Proteger el monte no es abandonarlo

28 de Julio del 2026 - José Viñas García (OVIEDO)

Cada verano, cuando los incendios arrasan miles de hectáreas, vuelve el mismo debate. Se habla del calor, de la sequía, del viento, de los pirómanos o del cambio climático. Todo influye, pero hay una cuestión que casi siempre queda relegada: la prevención y la gestión del territorio.

España cuenta con numerosas figuras de protección ambiental: Parques Nacionales, Parques Naturales, Reservas Naturales, Paisajes Protegidos y montes comunales. Son necesarias para conservar nuestro patrimonio natural. Sin embargo, proteger no puede significar inmovilizar, prohibir o mirar hacia otro lado mientras el monte acumula combustible.

Durante años han desaparecido quienes realmente mantenían vivo el territorio. Hay menos gente en los pueblos, menos ganadería extensiva y menos aprovechamiento tradicional del monte. Donde antes se recogía leña, se limpiaban las fincas y el ganado mantenía a raya la maleza, hoy la vegetación crece sin control. A ello se suman restricciones que, en muchos casos, dificultan realizar trabajos de limpieza o mantenimiento. Incluso muchos propietarios de edad avanzada ya no pueden cuidar sus terrenos y nadie lo hace por ellos. La Administración pasa dos veces al año por las cunetas y poco más.

Mientras tanto, la biomasa se acumula y enormes extensiones forestales se convierten en un auténtico polvorín. Después llegan las campañas de sensibilización, las prohibiciones y la búsqueda de culpables. Pero escribir normas no apaga incendios si después nadie pone medios para cumplirlas ni para gestionar el territorio.

El medio ambiente necesita protección, pero también gestión. Un bosque abandonado no está mejor conservado; está mucho más expuesto al fuego. Hace falta mantener cortafuegos, limpiar de forma continuada, ampliar y conservar limpios los márgenes de las carreteras y crear franjas de seguridad alrededor de pueblos y viviendas.

También conviene replantearse algunos modelos forestales. Seguir plantando pinos de forma masiva no parece la mejor estrategia cuando se trata de una especie cuya resina favorece incendios especialmente intensos. Proteger el monte también significa apostar por masas forestales más diversas y mejor adaptadas al territorio.

Pero ninguna política forestal será realmente eficaz si los pueblos siguen vaciándose. La mejor prevención consiste en devolver actividad al medio rural, facilitar que la gente pueda vivir del campo y de la ganadería y dejar de poner trabas a quienes quieren trabajar y cuidar el territorio. Un monte con vida siempre será un monte más seguro que uno abandonado.

Resulta irreal pensar que la solución pasa únicamente por aumentar los medios de extinción. Harían falta miles de bomberos para mantener durante todo el año millones de árboles y miles de hectáreas invadidas por maleza. Esa labor nunca podrá sustituir el trabajo diario que antes realizaban quienes vivían del monte.

La realidad del paisaje asturiano lo demuestra desde hace siglos. Los mayaos y las majadas con pasto corto frenaban el avance del fuego de una ladera a otra y de un valle al siguiente. Las vacas y los caballos mantenían esos espacios abiertos; las cabras y las ovejas controlaban la vegetación más baja. Ese trabajo constante valía mucho más que cualquier actuación de emergencia. Después, allí donde la riqueza forestal lo aconsejara, los cortafuegos cumplían su función. Hoy hemos perdido buena parte de ese equilibrio y pretendemos sustituirlo únicamente con prohibiciones y dispositivos de extinción.

Los incendios no empiezan el día que aparece la primera llama. Empiezan años antes, cuando se deja acumular combustible y se abandona la gestión del territorio. Cuando el fuego se declara, la extinción es imprescindible, pero el problema ya existe y los daños, muchas veces, son inevitables.

Legislar no consiste solo en aprobar normas y llenar boletines oficiales. Gobernar significa planificar, mantener, invertir y tomar decisiones. Una administración que protege un espacio natural también tiene la obligación de cuidarlo y hacerlo compatible con la seguridad de quienes viven junto a él.

Señalar al clima, a los pirómanos o a otras administraciones puede formar parte del análisis, pero nunca puede convertirse en una excusa permanente para eludir responsabilidades. Mientras los incendios son cada vez más grandes y destructivos, quizá haya llegado el momento de revisar las prioridades: menos burocracia, menos propaganda y mucho más trabajo sobre el terreno.

El monte no necesita grandes discursos cuando ya está ardiendo. Necesita atención durante todo el año. Porque un incendio no se combate solo con helicópteros y mangueras; se combate manteniendo vivo el territorio. Y eso solo será posible cuando entendamos que proteger el monte nunca puede significar abandonarlo.

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