Ganamos

4 de Septiembre del 2026 - José Antonio de Lillo Cuadrado (Oviedo)

En mi vida, solo asistí a un partido de fútbol, allá, en los tiempos de «Maricastaña». Aquella tarde, lo que más me entretuvo no fue el buen o mal juego de los futbolistas ni la parcialidad o imparcialidad del jefe del silbato, sino el ambientazo que había en las gradas. De sus ocupantes salían los epítetos dedicados al árbitro (ladrón, al río, a la cárcel, tu madre…) y a los jugadores, apáticos hasta decir basta (frayáu, maleta, afamiáu, haragán, vagu, maula…).

Aquel día, con un esfuerzo indecible, hice acopio de algunos términos y expresiones propias de este deporte por aquellos días: «Mano», «dos a uno», «plancha». También aprendí la diferencia que hay entre un «fuera de banda» y un «fuera de juego», que entonces se llamaba «orsa», con su variante «orsay». Me parece que es pronunciación casera del inglés «off side». No se me escapó la reacción del equipo que gana (voces por todas partes) y la del equipo que pierde (voces por todas partes). Para no romper mi lejana intención, no volví a pisar las gradas de un campo de fútbol.

Así que, la noche del 19 de julio no vi el encuentro. Me conformé con encender el televisor cada media hora más o menos, para contemplar las luces del marcador. En la primera consulta, 0-0. Bueno. Seguí leyendo «La aldea perdida». Otra media hora: el marcador se mantenía pertinaz en el 0-0. Di un paseo con «Nolo de la Braña», «Toribión de Lorío», «Demetria», «la tía Basilisa»… Por fin, después de mucho tiempo, no sé cuánto, llegó el 0-1. Sin esperar, llevé a Entralgo a don Armando y volví a la pantalla: el árbitro acababa de entonar el fin del encuentro. Los gritos se tiñeron de rojo y gualda. Alboroto en las plazas donde se habían instalado pantallas. No hizo falta que volviera «Filípides» llevando a hombros aquel «nenikékamen». Las voces de triunfo volaban de un pueblo a otro sin descanso. Otra estrella para la camisa, la segunda, después de dieciséis años, cuando el gol de Iniesta, en el sur de África, entre el Atlántico y el Índico. Ardía el ambiente. Jolgorio y aplausos. Y así, hasta que se asomaron en el horizonte los primeros avisos de la vuelta del sol. Llegaron las entrevistas de urgencia, las preguntas a los asistentes por todas partes. Respuestas bañadas en llanto de alegría. Respuestas mezcladas con lágrimas. Abrazos hasta quedar colgados del cuello. Respuestas con hipo que encogían la respiración. Aplausos, bailes, la bandera que se agitaba al compás del vocerío. Messi llora. ¿Por qué? Respuestas para todos gustos: que la derrota lo derrumbó o que se le atragantó la derrota: cómo iba él perder un partido, él, el mejor. Increíble. No me merezco esto.

Los rumores de protesta de los hijos del general San Martín (con abuelos oriundos de Cervatos de la Cueza, Palencia): habían jugado mejor que los españoles, el árbitro comprado, la FIFA… ¡Hay que repetir el partido! ¡Qué sé yo! Pero no hubo ningún comentario a los gestos nobles de los ganadores: Lamine Yamal se acercó a Messi para transmitirle calma. Unai Simón, portero del equipo nacional, saludó a los jugadores argentinos, que se arrastraban por el suelo, después de la derrota. Un jugador blanquiazul miró de frente la entrega de las medallas a los ganadores (los demás no lo hicieron)… Para aquellos futbolistas había algo más que el balón y los goles.

En días posteriores, no faltaron los comentarios de desprecio hacia el triunfo de la selección. Los de siempre. Quizá mareados por la victoria de los descendientes de Viriato, aquel «pastor lusitano» que se había acercado un «finde» al territorio de sus primos los «arévacos». Los del ácido acético no estaban dispuestos a homenajear a los ganadores que pertenecían a equipos caseros y formaban parte de la selección española. Y no lo hacían, «por motivos de agenda». ¡Cómo no! Otros atacaron a Ferrán Torres, el héroe del partido, que si tiene casas o deja de tenerlas. Las malas digestiones circulan por todos los meridianos.

Los madrileños, y los no madrileños, ya habían engrasado la garganta y suavizado las palmas de las manos para vocear y aplaudir la llegada de los triunfadores a la plaza de Cibeles con su sonrisa serena desde hace algo más de tres siglos, encargada de velar la entrada al edificio, antes sede de Correos y ahora residencia del Ayuntamiento de Madrid.

Muchos, extrañados, se preguntaban por qué un lateral de la máquina con apariencia de autobús que los llevaba tenía que proclamar en inglés la grandeza de la selección española con un «Stars Shine Together». A ver lo que oculta el mensaje.

Es igual. Lo importante es que ganamos. n

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