La bandera de unos y otros
Existe una bandera oficial del Estado, regulada por la Constitución y una ley específica, formada por tres franjas horizontales, la del medio «gualda» o, en cristiano, amarilla, y las otras dos, rojas.
Es la bandera de toda la ciudadanía española y la que la representa en nuestro territorio y fuera de él. El mismo Partido Comunista, personificado en Santiago Carrillo, la reconoció como propia en su momento, abandonando la antigua tricolor de la II República.
Otra cosa es que, en determinados actos privados y públicos, reuniones o manifestaciones, haya quien exhibe la bandera republicana por el motivo que sea, ideológico, reivindicativo o nostálgico, sin que esto suponga un ataque a la bandera oficial. La República, aunque moleste a algunos o algunas, fue un régimen democrático y su Constitución inspiró párrafos enteros de la actual.
Por eso no entiendo a las personas que, con ocasión de la indiscutible victoria de la selección española en el Mundial, hecho que alegra a todos los ciudadanos, futboleros o no tanto, se empeñan en asegurar que a los «izquierdosos» les desagradaba o irritaba la exhibición de banderas rojigualdas. Increíble deducción la de estos filósofos, mentes privilegiadas de la nueva ola conservadora.
El problema es otro, la usurpación de un símbolo nacional por un sector ultramontano de la sociedad, convencido de que la mejor y única forma de demostrar el patriotismo hispánico es lucir la bandera nacional en polos, pulseras, hebillas, gemelos, colgantes, llaveros, calcetines, corbatas o en ropa interior, si hace falta, amén de en balcones, ventanas, escaparates, etc. Eso hace que cierta parte de la sociedad equipare «rojigualda» con «derecha» y aborrezca algo que debería representarnos como país por encima de ideologías.
Por esto, mi impresión es que quienes acusan a la izquierda de rechazar los símbolos nacionales, en realidad lo que quieren es continuar monopolizándolos como hasta ahora. Son vicios nacidos en los tiempos del «aguilucho» y por tanto muy difíciles de erradicar.
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