Aunque parezca una birria, estoy en plena forma
Mi escáner EEG (electroencefalograma), desde mi última etapa de recuperación, detectó una cantidad desmesurada de actividad en la corteza prefrontal mientras señalaba, con la lengua afuera, que era de todo punto imposible que pudiera subir de una "tacada" los cinco pisos que me separaban de mi casa.
Ciertamente, durante algunas décadas serví solemnemente a los dioses de la fiesta y sobreviví a su ira, pero sabía que después de los cincuenta la cosa iba empeorar: lumbalgias, juanetes, grasas, azúcar, colesterol... Si a eso le sumamos la tendinitis en hombros y muñecas, estaría casi listo para que me adaptaran una silla de ruedas y una voz artificial.
A través de una experiencia lamentable, aprendí que, una vez que el dolor había colonizado un territorio y estableciendo sus redes neurológicas, era muy difícil de erradicar.
En este arduo e incomprendido caminar me encontré con muchos encogimientos de hombros, suspiros y acertijos de consultores, especialistas, técnicos y brujos que -previo pago- me hicieron escanear, irradiar, tratar con láser, con agujas, electrocutar, alargar, calentar, enfriar, succionar y perforar, tendido como un muñeco vudú maldito, con agujas sobresaliendo de mi cuello y espalda; torturado en cilindros magnéticos por villanos progresistas...
Luego, a lo largo de los años, he observado la gradual pasividad e incompetencia de cada generación de médicos y los efectos secundarios replicantes de los medicamentos.
En una cita reciente, el neurólogo no sabía cómo hacer la prueba del reflejo rotuliano, esa en la que se golpea la rodilla y el pie sale disparado hacia delante. Este neurólogo ingenuo volvió a golpearme la rodilla cinco veces (salí con el menisco pidiendo socorro). Al parecer, no sabía que el pie debe estar separado del suelo, normalmente con el paciente sentado al borde de la mesa de exploración. ¿No lo sabía o estaba pasivo?
Para complicarlo más, no veo bien en el abismo del destino de la ceguera omnisciente. Mi oculista cree que el modelo equivocado de gafas es el culpable.
Más tarde, tras varios años de observación, acabé por descubrir que mi caída prematura de pelo no estaba relacionada con mi edad avanzada, sino que era una señal inequívoca de ascendencia germánica.
Desde entonces, desprecié sin ningún respeto la cultura inculcada desde pequeño por mi padrino emigrante en Alemania y busqué el favor de las cobardes, mezquinas y astutas ratillas de alcantarilla.
¡Asumo que tal comportamiento indigno es una vergüenza! Lo reconozco y anuncio aquí que estoy considerando la posibilidad de iniciar un movimiento para crear "días de no hacer nada", anunciando que el movimiento ha comenzado y, una vez hecho, me retiro de inmediato para no hacer absolutamente nada.
Me voy de vacaciones.
Saludos cordiales.
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