Feminismo institucional: víctimas elegidas, culpables señalados y mujeres ancianas olvidadas
Hay realidades que incomodan porque obligan a mirar donde muchos no quieren mirar. La sociedad española lleva años construyendo un discurso sobre la defensa de la mujer, pero conviene hacerse una pregunta incómoda: ¿se está defendiendo realmente a todas las mujeres o solamente a aquellas que encajan en un determinado relato político?
Desde mi punto de vista, el feminismo institucional se ha convertido en un espacio con una enorme influencia política, mediática y económica. Un movimiento que nació con reivindicaciones que podían ser compartidas por muchos, pero que con el tiempo ha adquirido una posición de privilegio dentro de las instituciones, hasta el punto de marcar qué problemas deben ocupar el primer plano y cuáles quedan relegados al silencio.
Y ahí aparece una de las mayores contradicciones.
El feminismo institucional parece haber establecido una clasificación previa: quién es víctima y quién es responsable. En demasiadas ocasiones se presenta al hombre como culpable por pertenecer a un determinado grupo y a la mujer como víctima por pertenecer a otro, sin que siempre se atienda a la realidad concreta de cada caso. La justicia, sin embargo, no debería funcionar con etiquetas, sino con pruebas, hechos y responsabilidades individuales.
La violencia contra una mujer es una tragedia y debe ser perseguida. Pero una sociedad justa no puede aceptar que solo una forma de sufrimiento tenga visibilidad mientras otras quedan escondidas.
Porque hay mujeres que parecen no existir para este discurso.
Nuestras ancianas.
Mujeres que trabajaron toda su vida, que sacaron adelante familias, que cuidaron de hijos, padres y nietos, que sostuvieron hogares enteros sin pedir reconocimiento. Mujeres que hoy viven solas, olvidadas y, en demasiados casos, abandonadas.
¿Dónde están las campañas para ellas?
¿Dónde están los grandes actos institucionales?
¿Dónde están los carteles en los ayuntamientos hablando de esas mujeres que mueren en soledad?
¿Acaso su sufrimiento vale menos porque no encaja en una determinada narrativa?
Mientras se llenan calles, edificios públicos y medios de comunicación con mensajes contra una determinada forma de violencia, miles de mujeres mayores viven una realidad mucho más silenciosa: la soledad, el abandono y la falta de atención.
Algunas son encontradas muertas en sus casas cuando ya nadie las esperaba.
Sería muy revelador realizar en esos mismos ayuntamientos, como por ejemplo el de Parla, un estudio serio sobre la situación de las mujeres mayores que viven solas: cuántas necesitan ayuda, cuántas sufren abandono, cuántas carecen de una red familiar y cuántas están viviendo una situación de extrema vulnerabilidad sin que nadie lo vea.
Quizá entonces descubriríamos una realidad que no aparece en los carteles ni en las campañas: que hay mujeres sufriendo en silencio a pocos metros de donde se colocan los mensajes destinados a defenderlas.
Ese también es un fracaso social. Ese también es un maltrato.
Pero parece que no genera el mismo interés político.
Y no solo hablamos de mujeres. También hay hombres mayores olvidados. Personas que han trabajado durante décadas y que terminan sus vidas atrapadas en la soledad, la enfermedad o la desesperanza. España sufre una tragedia como el suicidio, con miles de muertes cada año y una mayoría de víctimas hombres, muchos de ellos de edad avanzada.
Sin embargo, ese dolor no ocupa el mismo espacio. No tiene las mismas campañas. No tiene la misma atención.
¿Por qué?
Esa es una pregunta que deberíamos hacernos todos.
Una sociedad verdaderamente igualitaria no puede decidir qué víctimas son importantes y cuáles son secundarias. No puede convertir el sufrimiento humano en una herramienta política. No puede utilizar el dolor para dividir en lugar de para proteger.
También debemos asumir nuestra parte de responsabilidad. Nosotros también hemos permitido que esto ocurra. Hemos aceptado que algunos problemas llenen titulares mientras otros quedan escondidos. Hemos permitido que nuestros mayores, precisamente quienes construyeron la sociedad que tenemos, sean tratados demasiadas veces como una preocupación menor.
Quizá ha llegado el momento de recuperar algo básico: la compasión sin etiquetas.
Una mujer mayor abandonada merece la misma atención que cualquier otra víctima. Un hombre que no encuentra salida merece ayuda. Una persona maltratada merece protección independientemente de su sexo.
La dignidad no debería depender del grupo al que perteneces, de si tu sufrimiento sirve para una campaña o de si encajas en un discurso político.
Porque cuando una sociedad empieza a elegir qué víctimas importan, deja de defender a las personas y empieza a defender ideologías.
Y eso debería hacernos reflexionar a todos.
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