Llamar crisis migratoria a una invasión
El Gobierno, junto a sus medios, emisarios y lenguaraces varios allegados a su causa, se afana estos días en tratar de tergiversar la realidad que todos los españoles hemos presenciado a través de distintas redes, medios y programas donde aún la libertad de prensa y de información disfruta de sus últimos refugios. Deliberadamente pretenden inducir a los ciudadanos a corear, cual encorsetado mantra, que los españoles no hemos sufrido una invasión o irrupción violenta en nuestro territorio de miles de jóvenes marroquíes bien equipados y alimentados, sino que se trata de una crisis migratoria o humanitaria con la que el pueblo español, de ancestrales raíces cristianas, debe sensibilizarse acogiendo a quienes, sin necesidad alguna, han tomado nuestra tierra por asalto. Y lo hacen de una forma premeditada y perversa, no dudando para ello, si es necesario, en manipular y tergiversar sin disimulo incluso las palabras del máximo representante de nuestra Iglesia, introduciendo insistentemente en sus noticiarios las distintas declaraciones del Vicario de Cristo sobre el fenómeno migratorio, pero haciéndolo de una forma descontextualizada y acomodada a sus intereses, utilizando con dicho fin distintas admoniciones otrora dichas por quien, en realidad, desprecian profundamente. Mas les anticipo que no conseguirán sus execrables propósitos, porque si bien los españoles que profesamos la fe cristiana tenemos siempre presente la defensa de la dignidad humana, también somos conscientes de que, cuando salvaguardamos nuestra integridad territorial frente a la invasión de multitudes pertenecientes a una cultura no integradora como es la musulmana, estamos, en último término, defendiendo nuestra propia civilización cristiana.
Por otra parte, la mayor de las indignaciones que ha brotado con ocasión de este ataque a nuestra integridad territorial ha sido comprobar cómo a los ciudadanos de Ceuta (la Septem Fratres romana y nunca marroquí) se les ha dejado solos en la tarea de defender su patria y la vida de sus familias. Mientras los ceutíes estaban sufriendo el penúltimo embate orquestado por el Gobierno marroquí, quien ostenta el privilegio de ser presidente de nuestra nación, cual Nerón redivivo, se dedicaba a tocar la lira recomendando canciones en las redes en los precisos momentos que nuestros compatriotas se refugiaban en sus domicilios aterrados ante la horda que tomaba sus calles. Y, siguiendo su patrón, su ministro de Interior, moderno Conde Don Julián responsable de que hubiera escasos efectivos defendiendo nuestra frontera, negaba una y otra vez a los españoles que estuviéramos ante una emergencia nacional, sino ante un mero problema de orden público, como si 69.000 invasores que violaban nuestros límites fuera una manifestación más de las que acostumbran a ver. Y qué decir ya de los ministros y demás autoridades que acudían emperifollados a la Embajada de Marruecos la misma tarde que el Estado alauí consentía a decenas de miles de sus ciudadanos invadir nuestra frontera, emulando así a la corte del rey Witiza que facilitó la invasión sarracena.
Al final, va a ser cierta la proclamación popularizada durante la desgraciada riada de Valencia que únicamente el pueblo salva al pueblo. Ya lo decía Bertolt Brecht: "¿De quién depende que siga la opresión? De nosotros. ¿De quién que se acabe? De nosotros también". España y la memoria de nuestros antepasados bien merecen nuestro sacrificio.
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