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Civismo a la carta (fauna salvaje, perros, mastines...)

3 de Agosto del 2026 - José Viñas García (Oviedo)

Vivimos tiempos en los que la palabra civismo se invoca constantemente, pero casi siempre para exigirla a los demás. Se reclama tolerancia, respeto y comprensión, mientras cada uno pretende hacer exactamente lo que le viene en gana, aunque ello perjudique al resto. El civismo se ha convertido, para muchos, en un derecho propio y una obligación ajena.

Ocurre en el medio rural. Se protege la fauna salvaje, pero cada vez resulta más difícil comprender que esa protección recaiga casi exclusivamente sobre quienes viven del campo. Osos, lobos, cormoranes, nutrias o jabalíes forman parte de nuestro patrimonio natural, pero también lo son quienes mantienen vivo el territorio con sus vacas, ovejas, cabras, potros, huertos o explotaciones pesqueras. La conservación no puede significar el abandono de quienes producen alimentos y sostienen familias. Hay que regularizar esa fauna salvaje para que no perjudique ni a ganaderos, ni a agricultores, ni a pescadores, montañeros, a familias o pueblos.

También sorprende que algunos pretendan convertir el monte comunal en un espacio casi privado porque allí pastan sus animales. El monte es de todos. Lo ha sido siempre. Ganaderos, senderistas, familias y vecinos han convivido durante generaciones sin necesidad de levantar fronteras invisibles.

Y llegamos a los mastines. Nadie discute su utilidad para proteger el ganado frente al lobo. Es una realidad. Pero otra muy distinta es que un paseante tenga que enfrentarse a varios perros de gran tamaño, con actitud intimidante, para continuar por un camino público. La protección del ganado no puede traducirse en la pérdida del derecho de los demás a disfrutar de la montaña con tranquilidad y seguridad. Compatibilizar ambas cosas no solo es posible, sino necesario y obligado.

La falta de civismo tampoco termina en el monte. Basta recorrer pueblos, sendas o ciudades para comprobar cómo algunos dueños de perros actúan como si las normas fueran para otros. Excrementos sin recoger, animales sueltos donde no deben estar o molestias que se dan por normales porque «es un perro». No, no es normal. Tener una mascota implica responsabilidades, no privilegios.

Quizá el problema de fondo sea que hemos confundido derechos con caprichos. Una sociedad funciona cuando todos cedemos un poco, no cuando cada colectivo exige que los demás se adapten a sus intereses. El civismo no consiste en imponer nuestra forma de vivir, sino en procurar que todos podamos convivir.

Porque el verdadero civismo empieza cuando dejamos de pensar únicamente en nosotros mismos.

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