Ceuta y Melilla: cuando la debilidad de España se convierte en la oportunidad de Marruecos
La lucha encarnizada de tantos años por Ceuta y Melilla, después de fracasar mediante el asedio y los bombardeos, puede acabar consiguiendo su objetivo de otra forma: como ocurrió con el Sáhara Occidental, con un Gobierno dispuesto a entregarlas. Tiempo al tiempo.
Porque no se trata solo del rearme marroquí. Se trata de algo mucho más preocupante: de cómo Marruecos acumula apoyos y capacidad mientras España pierde peso, aliados y respeto. Y eso no ocurre en el vacío. Ocurre mientras Pedro Sánchez ha ido deteriorando relaciones con quienes fueron socios preferentes de España, empezando por Estados Unidos e Israel.
No sé qué le pasa a Pedro Sánchez con todo el mundo. No es solo con estos dos países, que en otro momento fueron aliados fundamentales. Ahora también con Italia. Poco a poco, va separando a España del mundo democrático y acercándola a tiranías, delincuentes, corruptos, fugados, terroristas e independentistas: Irán, Hamás, Marruecos, Bildu, Puigdemont, Otegi... Parece encontrarse cómodo entre la inmundicia. Ahí es el rey del mambo.
El problema es que los dirigentes pasan, pero las consecuencias de sus decisiones pueden quedarse durante décadas. Y España puede tardar mucho en recuperar lo que este Gobierno está deteriorando.
Porque el deterioro no es solo exterior. También está dentro.
La sanidad ya no responde como debería. La vivienda se ha convertido en un lujo para demasiados españoles. Los servicios sociales soportan una presión creciente. La vida se encarece hasta límites difíciles de soportar y las residencias de mayores ofrecen, en demasiados casos, una imagen que avergüenza a cualquier sociedad que pretenda considerarse avanzada.
Y mientras tanto, aumenta la presión sobre unos servicios públicos que ya están tensionados. No hay vivienda suficiente para los españoles y, al mismo tiempo, se vende sin límites a extranjeros. La sanidad no atiende a tiempo a quienes la sostienen y se nos dice que podrá absorber la llegada de millones de inmigrantes mediante la reagrupación familiar, además de los nuevos españoles que este Gobierno parece sacar de la chistera para sumar votos.
A ello se añade un turismo masificado que, en determinados lugares, satura viviendas, espacios, carreteras, servicios sanitarios, servicios sociales y seguridad ciudadana, y termina encareciendo la vida hasta hacerla imposible para quienes viven allí.
No se trata de negar la inmigración, ni el turismo, ni la necesidad de solidaridad. Se trata de reconocer que todo tiene un límite y que gobernar consiste precisamente en establecerlo. Un Estado que pierde el control de sus fronteras, de su vivienda, de sus servicios públicos y de su seguridad termina dejando de proteger a quienes tiene la obligación de proteger.
Pero este Gobierno parece vivir en otra realidad. Mientras millones de españoles hacen cuentas para llegar a fin de mes, escuchan que vamos «como motos».
¿Como motos quién?
Ya es un huir hacia «cuanto peor, mejor» para Sánchez: encadenar un caos con otro para que ninguno tenga tiempo de convertirse en el centro de la conversación. Uno tapa al otro y, mientras tanto, el Gobierno resiste.
Y mientras tanto, perdemos todos.
Pero si la situación interna es preocupante, mucho más debería preocuparnos lo que ocurre al otro lado del Estrecho.
Ante un vecino como Marruecos, mostrar debilidad no es un gesto de paz ni de prudencia. Es darle argumentos para seguir alimentando unas aspiraciones territoriales que vienen de lejos.
Marruecos se rearma, aumenta su capacidad militar, refuerza sus alianzas y amplía sus apoyos internacionales. Al mismo tiempo, miles de sus ciudadanos abandonan el país en busca de oportunidades, incluidos menores de edad, mientras España termina asumiendo una responsabilidad que corresponde, en primer lugar, a su propio Estado.
Esa contradicción resulta difícil de ignorar: un país que no es capaz de ofrecer a muchos de sus ciudadanos las condiciones necesarias para vivir, pero que dedica enormes recursos a aumentar su poder militar y a construir el mayor estadio del mundo, no puede pretender que España cierre los ojos ante lo que está ocurriendo.
Y España no debería hacerlo.
No porque haya que buscar el enfrentamiento, sino precisamente porque la mejor manera de mantener la paz es que cada parte conozca perfectamente los límites de la otra.
La diplomacia no consiste en agachar la cabeza para evitar conflictos. Consiste en defender los intereses propios con inteligencia, firmeza y capacidad de respuesta. Ser buenos vecinos no significa ser vecinos débiles. Cooperar no significa someterse. Dialogar no significa renunciar.
España, sin embargo, parece empeñada en confundir la debilidad con la diplomacia.
Y ahí aparece el problema de fondo: Ceuta y Melilla.
No son una cuestión menor. No son una moneda de cambio. No son una ficha para utilizar en una negociación política. Son España.
La historia reciente debería bastar para mantenernos alerta. El Sáhara Occidental demuestra que las posiciones que durante décadas parecieron inamovibles pueden cambiar cuando un Gobierno decide cambiarlas. Lo que ayer parecía una línea roja puede convertirse mañana en una concesión presentada como inevitable.
Por eso el verdadero riesgo no es solo lo que quiera Marruecos.
Es lo que España esté dispuesta a conceder.
Marruecos sabe esperar.
Y cuando un país transmite que está dispuesto a ceder, quien aspira a conseguir algo solo tiene que esperar el momento adecuado.
Por eso conviene mirar más allá de los discursos y de las buenas palabras. Los hechos cuentan. Los movimientos cuentan. Los aliados cuentan. Y cuenta, sobre todo, la voluntad de defender aquello que es nuestro.
Mientras España pierde peso y confianza, Marruecos gana capacidad militar y apoyo internacional. No hace falta ser un experto en geopolítica para entender que los vacíos de poder terminan siendo ocupados por alguien.
Y un país que muestra debilidad invita a otros a ocupar ese espacio.
Ceuta y Melilla son mucho más que dos ciudades españolas al otro lado del Estrecho. Son una prueba de la fortaleza del Estado y de la voluntad de España de defender sus fronteras, a sus ciudadanos y sus intereses.
Y también son una prueba para Europa.
Porque las fronteras españolas son fronteras de la Unión Europea. Lo que suceda en Ceuta y Melilla no será únicamente un problema de España. Si un Estado miembro permite que su debilidad se convierta en una oportunidad para otro país, el problema acabará afectando al conjunto de la Unión.
Por eso resulta tan peligrosa la política exterior basada en la supervivencia de un Gobierno.
Los dirigentes de cada país son efímeros. Los daños que dejan, no siempre.
Pedro Sánchez pasará. Su Gobierno pasará. Pero algunas de sus decisiones pueden dejar una herencia que tardemos décadas en corregir.
España necesita recuperar algo tan elemental como la confianza en sí misma: en sus instituciones, en sus fronteras, en sus aliados y en su capacidad para defender sus intereses.
No se trata de buscar guerras. Se trata de evitarlas desde una posición de fortaleza.
No se trata de cerrar España al mundo. Se trata de que España no deje de ser dueña de sus decisiones.
No se trata de negar la solidaridad. Se trata de que la solidaridad no termine convirtiéndose en abandono de los propios ciudadanos.
Y, sobre todo, se trata de que ningún Gobierno olvide que hay cosas que no le pertenecen a él, sino a todos los españoles.
Ceuta y Melilla son una de ellas.
La historia demuestra que las fronteras no se protegen con deseos, sino con determinación. Y que cuando un país deja de defenderse, siempre aparece alguien dispuesto a aprovecharse de su debilidad.
España todavía está a tiempo.
Pero para recuperar el respeto hay que empezar por respetarse a sí misma.
Ceuta y Melilla son España.
Y si alguien piensa que basta con esperar, quizá tenga razón.
Tiempo al tiempo.
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