Toneladas de basura... y de poca vergüenza
Hoy día parece que las fiestas multitudinarias deben competir por generar cuanta más basura, mejor. Da igual que hablemos del Sella, del Xiringüelu, del Carmín, de San Timoteo o del Descenso del Nalón, por citar algunas bien conocidas. La noticia estrella en los periódicos del día siguiente son las toneladas de mierda (con perdón) que con esmero y paciencia recogen los servicios de limpieza.
Contrasta este ensalzamiento a la suciedad con la publicidad que hacen en las redes sociales muchos asistentes a estos eventos: todo es diversión, buen rollo, gente muy «cool», muy guapa y aseada. La marranería no se difunde.
También es chocante que, con toda seguridad, gran parte de quienes concurren a estos eventos se considerarán seres muy preocupados por las cuestiones medioambientales, y firmarán campañas a favor de estos asuntos, o se manifestarán muy indignados ante cualquier atropello que afecte a la salud de nuestro entorno. Con la excepción, claro está, de los días de fiesta, en los que hay carta blanca para abandonar todos los plásticos imaginables y para hacer las necesidades fisiológicas en los correspondientes praos o calles de las poblaciones donde se desarrollan las actividades lúdicas. Total, al final todo se lo lleva el agua del río.
Realmente, ¿hay necesidad de comportarse de esta manera? ¿No podríamos aplicar un poquito, un mínimo, de ese concepto llamado «civismo», en beneficio de la comunidad en general, incluidos los propios participantes en las fiestas? ¿Qué problema hay para compatibilizar la juerga con algo de limpieza? Pesan mucho más las toneladas de basura del día después que las bolsas en las que cada persona podría recoger los desperdicios que genera. Y está demostrado científicamente que se puede orinar en sitios diferentes de las aceras, las esquinas o los portales de los edificios, para eso se habilitan los baños públicos o los portátiles, en los que, con buena voluntad, también se pueden seguir unas pautas de higiene, evitando atascar los inodoros o dejar restos orgánicos fuera de los mismos.
A estas alturas de la carta, repaso todo lo escrito y me parece un tanto ridículo tener que hablar de esto públicamente, pero, a la vista de la realidad presente, no queda más remedio que recordar unas normas de educación que todos deberíamos traer aprendidas de casa.
Pero me temo que, al final, como dijo Bolívar, acabaremos por «arar en el mar» o, como se decía antiguamente, «predicar en el desierto». Y los bobos de nuestros representantes políticos, midiendo el éxito de unas fiestas en función de las toneladas de basura que recogen sus (sufridos) trabajadores con eficacia y premura.
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