Lo quiero para ayer
Los estragos de la era de la inmediatez quedan reflejados en nuestro día a día. Todo lo queremos ya; de lo contrario, nos enfadamos, siendo esa frustración una de las principales causas de discordia entre nosotros. Ya no sabemos esperar, y ello hace que perdamos la noción de la realidad, así como la del coste de las cosas. En un mundo donde para sobrevivir (ya no digo vivir, para eso hay que donar buena parte de los órganos) hay que hacer esfuerzos titánicos con tal de llegar a fin de mes, la sociedad debería ser más consciente de los sacrificios que ello implica. Eso de que quien no trabaja no madura es cierto, pues un empleo pone a uno frente a las espadas del mundo, enseñándole qué es la responsabilidad. Hay ocupaciones y ocupaciones, claro está, pero lo anteriormente mencionado es común a todas ellas. Conforme voy cumpliendo años, me doy cuenta del valor de vivencias y momentos que, en otro tiempo, consideraba banales. Es lo que tiene la vida, supongo. Vaya por delante que aquí hay de todo, como en botica, y esa evolución personal no se da en la totalidad de los individuos. Algunos van para atrás, como los cangrejos, fruto de la sobredosis de los universos en los que residen. Esas burbujas herméticas, donde los días son de color rosa y la existencia se edulcora, constituyen un arma de doble filo, ambos contraproducentes, aunque perfectamente vendidos por la celebridad de turno. Si me lo permiten sus acólitos, tengo un consejo que darles: admirad a vuestros padres, que son quienes os han sacado a flote. A vuestro ídolo le importáis un bledo.
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