Criando insectos

11 de Agosto del 2026 - Javier Cortiñas González (Villaviciosa)

Sumergidos en plena temporada de sandías y melones, suspirando por la llegada del invierno, para despotricar del frío cuando inexorablemente llegue, no parece que hablar de insectos sea el tema más oportuno, dada la asociación del verano con la molesta presencia de moscas y mosquitos. Sin embargo, ya es un hecho incontrovertible la existencia de granjas de insectos, desde hace nueve años por lo menos; como otra alternativa disponible para la obtención de proteínas destinadas a la industria alimentaria, en forma de ingredientes de piensos de animales y peces, o directamente añadidas en la elaboración de alimentos procesados para el consumo humano, desde hace cinco años. A fin de cuentas, si las truchas se alimentan de moscas y mosquitos que capturan en el aire. ¿Por qué no nosotros?

De todas formas, la inclusión de insectos en la alimentación humana no es nada nuevo, aparece en registros históricos antiguos como la Biblia, donde se narra que los hebreos durante su emigración de Egipto a la tierra de Canaán, hace tres mil trescientos años por lo menos, se alimentaban entre otras cosas de langostas, saltamontes y grillos, que estaban incluidos en la lista de alimentos permitidos que se podían comer. Como también se recoge en el Nuevo Testamento que el profeta San Juan Bautista se alimentaba en el desierto de langostas terrestres, no de las procedente del Cantábrico o de las rías gallegas, porque esas estaban destinadas a las mesas de los patricios romanos. Más aún, todavía en las zonas rurales de ciertos países como México se comen saltamontes o chapulines como los llaman. Por no mencionar los gordos gusanos de maguey. Como también es habitual encontrar en los mercados chinos brochetas de escorpiones, ciempiés, etc.

Pero si ya no son una novedad las granjas de insectos, donde se crían miles por no decir millones de larvas principalmente de una mosca conocida como soldado negra o larvas de la harina para obtener sus proteínas. Granjas que van proliferando paulatinamente, incluso en nuestra chamuscada Piel de Toro. Sin embargo, sí que es novedad la duda académica, que ha surgido recientemente entre algunos denominados filósofos de ética animal, de si estos minúsculos bichos tienen capacidad de sufrir.

Su pretensión se basa en la duda razonable de si los insectos poseen "sintencia": la capacidad de sentir emociones, experimentar dolor o placer, al estar dotados de estructuras nerviosas elementales. Quizás en el origen de su pretensión subyace el concepto hinduista del alma que poseen todos los seres vivos y que, al morir, emigra a otro cuerpo ya sea una persona o un animal, incluso un insecto; en función de cómo haya actuado en su vida. Por consiguiente, como cualquier animal pudo haber sido una persona en su vida anterior no se debe ejercer ningún tipo violencia sobre él.

Estas eminencias convertidas en sus abogados defensores argumentan, que mientras exista la posibilidad real de que los insectos sientan de algún modo, de acuerdo con las mejores evidencias de las que se dispongan, aunque no se sepa con certeza cómo experimentan el sufrimiento, hay que evitar causarles daños innecesarios, incluso en sus formas larvarias, cuyos organismos están aún menos desarrollados. Exigiendo la aplicación del principio de precaución con la toma de medidas para prevenirlos. En concreto, desarrollar normas de protección para los criaderos de insectos y establecer reglas específicas de la misma forma que se fijaron para las granjas de gallinas y vacas.

El problema que se plantea es cómo definir y asegurar el bienestar que reclaman para ellos. Por ejemplo, podrían sugerir que se garantice a los gusanos poder moverse para reptar, darse la vuelta o tumbarse a la bartola. ¿Por qué no habilitar pequeños espacios para una docena de individuos, con sus minúsculos comederos y bebederos, con capacidad de limpieza automática, todo gestionado por IA? Es decir, establecer un mínimo de espacio vital. Aunque teniendo en cuenta el entorno donde pululan millones de larvas, la superficie necesaria de su instalación haría impensable el tamaño de una granja de esta naturaleza. Además de establecer la cantidad mínima de comida lo suficientemente nutritiva diaria necesaria por larva. Ni tampoco descuidar la atención necesaria para evitar en lo posible que sufran miedo o angustia mediante la instalación de iluminación adecuada, aire acondicionado y música relajante, por ejemplo.

Naturalmente, el siguiente paso sería verificar si con las medidas propuestas se lograría el pretendido grado de bienestar. Estos elucubradores podrían sugerir usar ciertos indicadores de los que ya están definidos para otras especies animales, como el nivel de cortisol, frecuencia cardíaca o el grado de fertilidad, etc. Aunque no me imagino las dificultades técnicas que puedan presentarse a la hora de tomar una muestra de linfa de una larva de mosca sin dejarla patidifusa, o cómo evitar durante el intento de tratar de medir su ritmo cardíaco no se muera estresada.

En resumen, me parece que el proceso completo en pro del bienestar de los insectos que proponen se puede transformar en aventura realmente fatigosa, además de costosa y agotadora. Y si, su propuesta, basada en meras suposiciones subjetivas, sin pruebas fehacientes de que esto sea cierto, merece alguna consideración medianamente sería.

Además de hipócrita pretender evitar el probable sufrimiento de unas larvas, cuando están destinadas a morir. Como ocurre con los condenados a muerte, a los que se les regala con una buena comida o se les cura, si están enfermos, antes de llevar a adelante la ejecución de la pena capital. Por no añadir la perplejidad que produce la propuesta de estos hipersensibles gurús en defensa de los insectos, a la vez que mantienen un silencio inexplicable, casi total, acerca del sufrimiento incomparablemente mayor que padecen los embriones humanos cuando son clínicamente abortados.

Por no considerar la futilidad de ciertas líneas de pensamiento e investigación, como la que proponen, con el consiguiente despilfarro de fondos económicos, más motivadas por el afán de notoriedad de sus promotores que por la escasa importancia que puedan tener sus descubrimientos para la mejora en cualquiera de los ámbitos que atañen al ser humano. Da la impresión de que sus debates son lo más parecido a los que se atribuye se dedicaban algunos teólogos bizantinos sobre el sexo de los ángeles, mientras Constantinopla estaba siendo asediada por los turcos, en lugar de ocuparse de la defensa de la ciudad.

Y finalmente, el riesgo potencial que puede presentar la combinación letal de estos ideólogos extremos y los burócratas de Bruselas a la hora de elaborar unas normas capaces de dar al traste con este incipiente sector industrial, sepultado bajo una capa de leyes y reglamentos absurdos que prácticamente lo haga inviable económicamente.

Cartas

Número de cartas: 50719

Número de cartas en Septiembre: 84

Tribunas

Número de tribunas: 2210

Número de tribunas en Agosto: 2

Condiciones
Enviar carta por internet

Debe rellenar todos los datos obligatorios solicitados en el formulario. Las cartas deberán tener una extensión equivalente a un folio a doble espacio y podrán ser publicadas tanto en la edición impresa como en la digital.

» Formulario de envío.

Enviar carta por correo convencional

Las cartas a esta sección deberán remitirse mecanografiadas, con una extensión aconsejada de un folio a doble espacio y acompañadas de nombre y apellidos, dirección, fotocopia del DNI y número de teléfono de la persona o personas que la firman a la siguiente dirección:

Calvo Sotelo, 7, 33007 Oviedo
Buscador