¿Quién puede matar a un niño?
Narra en sus memorias la escritora y esposa de Rafael Alberti, María Teresa León, el fervor con el que las familias de la Unión Soviética se disputaban la acogida de los niños evacuados de la España y de la Asturias en guerra en 1937. Eran nuestros «niños de Rusia». Hoy, la llegada a España, a Asturias y a Oviedo de menores migrantes despierta alarmas vecinales, manifestaciones de rechazo y ríos de tinta cargados de sospecha. Y, a mayores, sinceros deseos virtuales de ahogamientos masivos. Suena cruel, pero ya el gran Chicho Ibáñez Serrador dio respuesta a la inquietante cuestión que titula este artículo. Aparte, claro está, del Estado de Israel, campeones planetarios de esta nueva disciplina olímpica.
Analizándolo bien, el problema no es que vengan de fuera; el problema es que vienen sin cartera. En Marbella o Puerto Banús, a los jeques árabes y a sus familias no solo se les abren las puertas de par en par, sino que poco falta para hacerles la ola al bajar del yate. Al parecer, el origen o la religión solo molestan si el que llega lo hace con lo puesto.
Es la vieja y conocida aporofobia, ese miedo y rechazo al que se sabe pobre, al que se intuye diferente, que en nuestras ciudades se activa con precisión quirúrgica. Nos echamos a la calle si nos anuncian un centro de atención a toxicómanos, una residencia para personas con enfermedad mental o un hogar para estos menores tutelados. No queremos ver la fragilidad humana cerca de casa; afea las calles y baja el precio del suelo. Aunque ese toxicómano bien pudiera ser nuestro hijo o ese menor nuestro abuelo de polizón en un barco a Argentina o a Cuba hace más de un siglo. O ese más de un millón de Pepes que se fueron a Alemania o Suiza en los 60 sin contrato a buscarse la vida.
No me vengas con milongas buenistas y llévatelos a tu casa. Y es que lo que de verdad nos urge en el barrio, lo que cohesiona una sociedad moderna es un buen racimo de pisos turísticos y, ya puestos a pedir, un nuevo centro comercial. Un Zara, por ejemplo. Eso sí que da categoría. De hecho, quizás ahí esté la solución a este conflicto migratorio: que esos niños se queden en sus países cosiendo para Amancio Ortega. Así, nosotros podremos comprar cómodamente su producción en las rebajas sin tener que cruzar la mirada con ellos en el autobús. Y, además, igual nos cae de propina una máquina contra el cáncer desgravatoria. Todos contentos. Al fin y al cabo, la solidaridad siempre es más limpia cuando viene empaquetada y con tique de devolución.
Y no olvides nunca lo más importante: que Amancio es un currante que empezó de cero y tú eres clase media. Y los dos sois españoles. Poca broma. No te digo que me lo mejores, iguálamelo, zurdito.
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