Evocación sucinta de José Luis Roca Martínez
La muerte de José Luis Roca Martínez ha tenido el carácter sorpresivo de sobrevenir a quien creíamos a buen recaudo, sin conocer más circunstancias relativas al hecho. Sus libros -leídos o por leer- y sus juicios mascullados hasta ver luz de bulto redondo de la palabra pausada, medida y palmaria parecían tónicos propiciatorios para sortear la molestia final.
Catedrático de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Oviedo, la primera vez que supe de él fue en COU, en aquella aula intempestiva en que nuestra profesora de Literatura recurría a algo tan manido como la socialización del miedo, encarnado en este caso en José Luis Roca, que a mí sólo me sonaba a dirigente deportivo de otra época. Doña Carmen nos advertía sobre los aspectos que más agradaban al equipo docente que Roca Martínez disponía para que la Selectividad fuera algo parecido a una criba. Yo no me acuerdo qué cayó ni tampoco retengo sensación otra que no fuera la de ahogo en aquella especie de invernadero en el Campus de El Cristo.
A Roca le conocí años después, al alimón éste con su hermano, el eutrapélico Agustín. Vivían con un apetito tácito por los libros, que yo entiendo que gestionarían con la sindéresis que se les suponía. Roca era hijo de un mundo donde los saberes tenidos por más humanos conferían una atalaya moral a salvo de los embates broncos de la ideología. A partir de ahí, uno puede decidir mejor qué partido tomar y, sobre todo, cómo percutir en el conflicto. Descanse en paz y brille para él la luz perpetua.
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