El espejismo del destino dorado
Las vacaciones veraniegas nos permiten adentrarnos en rincones idílicos donde se funden el mar y la montaña. Allá nos presentamos en familia -al completo, en la mayoría de los casos- dispuestos a desconectar de la rutina del resto del año. Alimentados por recuerdos de la juventud y una buena dosis de imaginación, emprendemos el viaje hacia el ansiado destino dorado.
Sin embargo, una vez instalados en esos cincuenta o sesenta metros cuadrados -da igual que sea en propiedad o en alquiler-, comienzan los fallos de logística, las batallas de egos y las servidumbres de la convivencia masiva en una localidad cuyo padrón se ha multiplicado por diez o por veinte.
Como es lógico, la zona de confort salta por los aires: aparcamientos imposibles, colas kilométricas en el supermercado, inoportunas huelgas de limpieza y el típico insensato apurando el acelerador en zonas limitadas a treinta kilómetros por hora. Si a todo este cóctel le sumamos temperaturas que superan holgadamente los treinta grados -aliviadas a duras penas por sistemas de aire acondicionado o ventiladores de medio pelo-, llega el momento de hacer la cuenta inversa a los grandes planes vacacionales: empezar a contar, sin duda alguna, los días que nos quedan para volver a la ansiada rutina.
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