La sanidad pública: de derecho de todos a cortijo de desatención
Me pregunto por qué están saturados los médicos de cabecera cuando, en algunos centros donde hay tres o cuatro médicos con sus respectivas enfermeras, las salas de espera aparecen prácticamente vacías. Lo he comprobado personalmente, en diferentes días y horarios, en el consultorio que me corresponde. Tengo incluso vídeos, aunque los borré por vergüenza ajena. No quiero señalar a todos por el comportamiento de algunos. Las autoridades sanitarias, si realmente quieren buscar soluciones, pueden identificar perfectamente el lugar.
Hasta la recepcionista salió a justificarlos y quiso impedirme grabar. Sin embargo, después estuvimos hablando un buen rato, en horario laboral y sin pacientes a los que atender. Hasta parecen haberse creído dueños del cortijo. Pues no: la sanidad pública es de todos y la pagamos entre todos.
Después de la pandemia se extendió la atención telefónica y parece que algunos se acostumbraron demasiado. Ahora somos un estorbo tanto presencialmente como por teléfono. Puedes llamar y no contestan; cuando consigues que te atiendan, te dan cita para una semana después. ¿Qué sabe un recepcionista de la urgencia de una dolencia?
Luego llega el médico, te deriva preferente al especialista y comienza otra espera de meses, cuando no de años. Y así los pacientes terminan acudiendo directamente a Urgencias. No debería ser normal tener que esperar siete días ante una dolencia que preocupa.
Recuerdo con nostalgia a don Adolfo, María Teresa y Vicente. La sala estaba llena y atendían sin quejarse. Ahora hay tres o cuatro médicos con sus enfermeras y, sin embargo tenemos las sillas vacías. Algo ha cambiado y alguien debería explicar qué.
También he tenido dos experiencias personales muy desagradables con profesionales concretos. Una médica de atención primaria, la que nos tocó en suerte después de que Maria Teresa se jubilara (la echamos de menos) y con una traumatóloga de rehabilitación del HUCA que atendió a mi mujer. No cuestiono su preparación profesional, que también, sino el trato recibido, que considero falto de empatía y respeto.
En el caso de mi mujer, llegué incluso a escuchar que podían echarme de la consulta porque la paciente era ella y debía ser a quien escuchara. Mi mujer sabe perfectamente hablar por sí misma, y finalmente le dije que la esperaba fuera. Pero una cosa es respetar la autonomía del paciente y otra tratar al acompañante con desprecio por, como parece en este caso, ideología descarada de género. Por dar un dato, más de cuarenta años dan para más consideración que la de simple acompañante, sus dolencias son las mías, no las suyas (Sobrino).
Tampoco quiero meter a todos los profesionales en el mismo saco. He conocido y sigo tratando con médicos y especialistas extraordinarios, profesionales que se dejan la piel por sus pacientes. Precisamente por respeto a ellos, creo que hay que denunciar aquello que no funciona.
Lo más preocupante es que esta desatención se está normalizando. Recuerdo profesionales que incluso te daban su teléfono o te decían, ante una enfermedad crónica: «Vienes cuando quieras, incluso sin cita». Hoy, en ocasiones, ni con cita estás seguro de recibir una atención adecuada.
Lo que cuento no es cuento de nadie, es vivencia personal, una situación en las que unos resultados analíticos preocupantes exigían nuevas pruebas, mientras la espera para conseguirlas se prolonga durante meses sin saber hasta cuándo. No importamos los pacientes. Somos números, ya la profesión vocacional dio paso a un medio de vida sin códigos deontológicos asumidos.
Y, mientras tanto, se suceden las listas de espera, las dificultades para conseguir citas y las huelgas. Entiendo que los profesionales tengan derecho a reivindicar sus condiciones laborales, pero cuando las demoras afectan a la salud y la vida de los pacientes, las administraciones tienen la obligación de buscar soluciones. Un médico en huelga sabedor de que deja sin atender enfermos que requieren de su presencia sobra en nuestra sanidad pública.
No quiero una sanidad privada que sustituya a la pública. Quiero que la sanidad pública funcione. Quiero que el paciente vuelva a ser tratado como lo que es: la razón de ser de todo el sistema.
Porque detrás de cada cita que se retrasa, de cada teléfono que no se contesta, de cada prueba que se demora durante meses y de cada paciente que acaba en Urgencias por no poder ser atendido a tiempo, hay una persona preocupada por su salud.
Me pasa a mí, que puedo defenderme, pero pienso especialmente en quienes no pueden hacerlo y terminan resignándose.
Una mala atención puede convertirse en maltrato. La falta de respeto al paciente y al acompañante no debería consentirse jamás.
Lo digo desde mi propia experiencia y también desde el reconocimiento a tantos grandes profesionales que todavía dignifican nuestra sanidad. Precisamente por ellos y por todos los ciudadanos que la sostienen con sus impuestos, tenemos que exigir que vuelva a funcionar.
Una sanidad que llega tarde puede acabar dejando de ser sanidad para convertirse en desatención consentida.
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