La misma vara de medir
Hay algo que me cuesta entender y que cada vez me indigna más: ¿cómo hemos llegado a una sociedad en la que parece que determinados hechos reciben una atención, una movilización y una condena infinitamente mayores que otros muchísimo más graves?
No estoy diciendo que un beso no consentido esté bien. Si una persona no quiere que la besen, no debe hacerlo nadie. Punto. Pero tampoco acepto que cuestionar la enorme repercusión que tuvo aquel caso signifique justificar el beso o atacar a la víctima.
Lo que cuestiono es la proporción.
Por un beso de euforia, ante millones de espectadores en directo sin esconderse, solo ese dato, podría concluir que no iba con terceras intenciones, ocurrido durante la celebración de un campeonato mundial. Por ese beso y no otro, se llenaron calles, se organizaron campañas, hubo una enorme presión mediática y política y durante semanas no se habló prácticamente de otra cosa.
Mientras tanto, en Ceuta se han conocido numerosas denuncias por agresiones sexuales contra menores, relacionadas presuntamente con jóvenes llegados durante la invasión. Las cifras que se han difundido han variado según la fuente y según se hable de denuncias, agresiones investigadas o violaciones, pero hay algo que no admite discusión: hay niñas que han denunciado haber sufrido agresiones sexuales.
¿Dónde están las mismas manifestaciones? ¿Dónde está la misma indignación? ¿Dónde están las feministas, las pancartas, los políticos, las cámaras y las organizaciones que dicen defender a todas las mujeres y a todas las niñas?
Porque aquí está mi problema: si una sola niña hubiera sido violada, ya sería motivo suficiente para exigir una respuesta contundente. Si además se tratara de una agresión grupal, todavía más.
No debería hacer falta que fueran once, quince o diecinueve.
Una sola debería bastar.
Y entonces llegamos al caso Rubiales.
Los tribunales han establecido que el beso a Jennifer Hermoso no fue consentido y eso debe respetarse. Si creemos en la justicia, debemos aceptar sus resoluciones, aunque nos incomoden. Pero qué curioso, esas mismas y mismos cuestionan todo y señalan a jueces cuando van contra los suyos. Menuda vara de medir.
Pero aceptar una sentencia tampoco significa que tengamos prohibido analizar el contexto, las imágenes, las declaraciones anteriores y posteriores o la enorme repercusión que tuvo el caso.
Porque también vimos imágenes de las jugadoras celebrando después, haciendo bromas y cantando sobre el beso. Eso no demuestra por sí solo que el beso hubiera sido consentido. Pero tampoco creo que esas imágenes deban desaparecer de la conversación simplemente porque incomoden el relato que algunos construyeron después. Un abuso y acoso no se celebra con el vídeo en cuestión con las compañeras cantando después. De verdad, debemos de ser estúpidos todos y comulgar con ruedas de molino.
Y aquí llegamos a algo todavía más importante: la justicia no puede funcionar con un «yo sí te creo, hermana» como sustituto de las pruebas.
La palabra de una víctima debe ser escuchada y tomada en serio. Por supuesto. Pero la palabra de una víctima no puede convertirse automáticamente en una sentencia. Del mismo modo, la palabra de un acusado tampoco puede convertirse automáticamente en su absolución.
Para eso existen las pruebas, los jueces y los tribunales.
Y esa regla debería valer para todos. Una justicia que no es igualitaria, no es justicia. Lo diga quien lo diga.
Lo que no quiero es una sociedad en la que la ideología determine de antemano quién merece ser creído, quién merece ser condenado y qué víctima merece ocupar las portadas.
Porque entonces ya no estamos hablando de justicia.
Estamos hablando de tribus.
Y quizá ese sea el verdadero problema que tenemos: hemos dejado de preguntarnos qué ha ocurrido para empezar a preguntarnos primero quién lo ha hecho, quién lo ha sufrido y qué posición política nos conviene adoptar.
Yo no quiero eso.
Quiero la misma vara de medir.
Quiero que una agresión sexual sea condenada independientemente de quién sea el agresor.
Quiero que una niña sea defendida independientemente de quién sea.
Quiero que una mujer sea escuchada, pero también que un acusado tenga derecho a defenderse. Lo del maltrato psicológico ya supera el relato, aquí ya no hay fuerza física, la lengua, la maldad, el rencor y el odio se reparten por igual señores jueces.
Quiero que una sentencia se respete, pero también que podamos discutir públicamente los hechos y la proporcionalidad de las reacciones.
Y, sobre todo, quiero que dejemos de utilizar a las víctimas para alimentar nuestras guerras ideológicas y sostener nuestros chiringuitos y cargos con el dinero de todos. Nada peor para solucionar un problema que hacer que ese problema justifique cargos golosos sin responsabilidad por los resultados.
Porque si realmente creemos que todas las mujeres y todas las niñas importan, deberíamos demostrarlo cuando resulta incómodo, cuando no conviene políticamente y cuando no hay cámaras delante.
Ahí es donde se demuestra si defendemos principios o simplemente defendemos a los nuestros.
Una víctima no debería valer más o menos dependiendo de quién sea el agresor. Y un delito no debería importar más o menos dependiendo de quién esté dispuesto a manifestarse por él.
Dicho queda.
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