Un exótico café
Después de recoger la carta certificada que amablemente me enviaba la Agencia Tributaria, del tipo de misivas que reciben sus destinarios entre recitales de supuestas jaculatorias que no son lo suficientemente agradecidas por los funcionarios remitentes, en su beneficio y el de sus familiares directos; al pasar por una plaza que aún estaba sombreada a esas horas de la mañana, me senté a tomar un café para quitarme el mal sabor de boca de la dichosa carta. Y mientras la camarera se fue con la comanda y regresó con la humeante infusión, me dediqué a mirar las últimas noticias en el móvil, donde aparecía incrustado un texto publicitario que trataba de los secretos de los cafés más caros del mundo.
Mientras iba leyendo, recordaba a retazos, como si fuesen rápidos vídeos de TikTok, lo que sabía del café: la leyenda de su origen en Etiopía, cuando un pastor se percató de los efectos energizantes en su rebaño de cabras que habían mordisqueado las bayas rojas de cierto arbusto. Cómo, tras llevar las bayas a un monasterio donde después de probarlas y desecharlas por su sabor amargo, las arrojaron al fuego y mientas se tostaban notaron que despedían un atrayente aroma, finalizando con la primera infusión de los granos chamuscados... Cómo se fue expandiendo su consumo por los países árabes más próximos de Arabia, Yemen, Persia... Después, la aparición en Estambul de las primeras cafeterías como lugares públicos en el último tercio del siglo XV, una vez conquistada por los turcos. Su llegada a Europa traído por mercaderes venecianos... Su extensión por los demás países europeos a lo largo del siglo XVII... La apertura del primer café de Madrid a mediados del siglo XVIII... Cómo los cafés se convierten en lugares de debate a lo largo del siglo XIX y bien entrado el XX, a los que asistían políticos, pensadores, escritores y artistas como el Café Gijón de Madrid o el Novelty de Salamanca... Las dos plantas del cafeto que proporcionan los granos de café más importantes: Arábica y Robusta... Sus principales países productores Brasil, Colombia, Guatemala, México, Vietnam, Costa de Marfil, Kenia... El café más caro y famoso, el Blue Mountain, procedente de Jamaica.
¿Y cuáles eran los secretos de los cafés más caros del mundo que mostraba el móvil? Pues que son cafés cuyos granos se extraen del estiércol de animales que se alimentan de los frutos maduros del cafeto: ya sea de aves como el Jacu de Brasil, de civetas de las islas indonesias de Java, y Sumatra, hasta de monos y elefantes. Mediante un proceso de transformación enzimática que sufren los granos de café a medida que recorren sus tractos digestivos.
Lo que estaba leyendo se refería al llamado café elefante, procedente del norte de Tailandia. Un café que desarrolla un perfil sensorial muy diferente al de un café convencional con un sabor especialmente complejo, con notas de chocolate, melocotón, tamarindo, té negro, ligeros matices florales, etc. -¿florales?, ¿no será de otra cosa? - pensaba con ironía, sin entrar en el detalle de los pormenores digestivos.
Continuaba el texto destacando su limitada producción, que yo atribuía al insuficiente número de elefantes dedicados a ingerir frutos de café a tutiplén todos los días de la semana, aunque también pudiera deberse a la escasez de mano de obra poco dispuesta a realizar unas labores tan escasamente delicadas, enriquecedoras y llenas de sentido como recoger, lavar, seleccionar los granos de entre el mondongo escatológico producido por los asiáticos proboscidios. Menos mal que existen otras maneras de ganarse la vida, aunque nada más sea ejerciendo de simple notario, en lugar de tener que ir detrás de uno de estos animalotes a la caza y captura de sus deposiciones hasta que les dé el capricho o les entren las ganas de obrar, se me ocurrió.
Se extendía el artículo en la extrema meticulosidad y minuciosidad con la que se lleva a cabo todo el proceso, compuesto de una combinación de métodos tradicionales y naturales -vamos, que solo faltaría que no fuese lo suficientemente minucioso, me dije-; para dar por finalizado el proceso con el secado al sol y tostado de los granos de tan peculiar café, por calificarlo de alguna manera. A la vez que pensé en la gran suerte de emplear por ahora en esta industria artesanal elefantes tailandeses, bastante más pequeños que sus primos africanos; pero en el futuro quién sabe.
Al continuar leyendo, caí en la cuenta de que la parte natural del proceso se refiere a la mención de que los granos son expulsados de forma natural, al parecer sin necesidad de laxantes. Todo un detalle que es muy de agradecer por sus cuidadores, porque de no ser así, debe resultar muy desesperante tener que estar pendiente de un paquidermo que padezca estreñimiento crónico.
Me enteré de que su productividad es extremadamente baja, pues de cada treinta kilos de bayas de café que ingiere uno de estos animales solo uno se recoge, a lo mejor debido a las huelgas de celo encubierta de sus resignados recolectores o, quizás, por el efecto de su poderosa digestión, los elefantes se ven sometidos a tal paroxismo permanente de nervios, que no es de extrañar que salgan huyendo selva adentro. Lo cual no deja ser otra posible causa del escaso número que hay dedicado a esta labor. Por ese motivo las empresas que los explotan colaboran con fundaciones dedicadas a su cuidado, sin mencionar si también ofrecen ayuda psicológica a sus empleados. Total, que, entre unas cosas y otras, el paquete de doscientos cincuenta gramos del supuestamente exquisito café sale por unos ochocientos euros.
Acabada tan absorbente lectura, miré la taza con su contenido sin tocar ya frío, imaginando el café que podrían disfrutar algunos de estos especiales clientes exquisitos de lo raro y extravagante, de existir todavía hoy los enormes diplodocus que se extinguieron hace ciento cincuenta millones de años. Aunque la esperanza de recuperarlos no se pierde, tal como sucede en la película "Parque Jurásico", donde aparece una investigación coprológica a cargo de la paleobotánica Ellie Sattle; que da una idea bastante evidente de la inmensa tarea a la que tendrían que enfrentarse hoy día quienes se dedicasen a trabajar en este negocio si emplearan a estos gigantes en la producción de sofisticados cafés. Si, bien mirado, podría ser una actividad que absorbiese puestos de trabajo, de los que tanto nos faltan.
Apagué el móvil, dejé en la mesa las monedas de la consumición que por casualidad llevaba y concluí taxativo: la primera vez en mi vida que me alegro de que algo cueste una barbaridad. Si fuera por mí, hasta duplicaría o triplicaría su precio.
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