Si el día me lo pide, por qué voy a negarme
No sé si está lloviendo, pero como si estuviera. La calle, los tejados, mojados. El cielo se supone, la densa niebla lo cubre en su totalidad, de forma intachablemente homogénea. El aire pasmado. Se siente la quietud.
O sea, sabiendo que no tiene sentido encender la tele. No quiero saber nada de noticias ni de nada, porque la impresión se ha instalado firme en mi cabeza: no podré distinguir entre falso o verdadero, entre verdad o mentira. Así que, para qué. Por eso, el llamado es notable. Un día, o al menos un momento, para escribir.
Y ahora, aquí sentado. Pensando, preguntándome, ¿pero qué escribo?
Decir queriendo hacer y sin poder... Me aplasta el ánimo.
Claro que hay muchas cosas que quisiera hacer, pero el tiempo se me ha agotado. No me llegaría para nada. Nada de eso que me daría gran satisfacción. Solo para algo inmediato. Cual es, y vuelvo a lo mismo, escribir.
Y vuelvo a lo mismo, ¿escribir qué?
Sobre algunos pesos que quisiera quitarme de encima. Soñando con que los españoles lo hicieran por mí. Los españoles....
Sujeto y objeto. El objeto ahí está, sometido a la acción, o inacción del sujeto. Pero el sujeto... Ay dios, el sujeto. Espero tan poco de estos españoles.
Como el que no se consuela es porque no quiere, me encojo de hombros y pienso, ¿quién pensaba que el burro iba a tocar la flauta?
Oye, ten un poco de fe. Quién sabe.
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