Locura suicida
«España es el único país bueno que ha quedado», afirmó Ernest Hemingway, confirmando tanto su propia locura suicida como la nuestra. Históricamente, nuestro delirio se ha caracterizado por una bondad quijotesca, intrépida y audaz, que arremete contra gigantes que terminan siendo imbatibles molinos de viento. Sin embargo, tras el suicidio de Hemingway, la bondad ha desaparecido de los pilares que nos son éticamente esenciales. En su lugar opera una maldad paciente y falaz, que nos persuade de que somos libres para elegir. Bajo ese engaño, elegimos cavar la tierra para levantar una visible montaña de residuos sobre la cual nos encumbramos; desde la cima de nuestra ignorancia, creemos divisar un mundo de verdades, mientras ignoramos el abismo que dejamos atrás como sepultura. La inteligencia artificial actúa como cómplice de esta maldad, cegándonos ante el hoyo en el que caeremos cuando se desplome toda la tramoya.
Hemos olvidado que el dinero es solo un símbolo para facilitar el intercambio de bienes reales. Hoy, los dueños de los algoritmos de IA lo multiplican en su propio beneficio, generando una riqueza ficticia a costa de forzar un crecimiento constante. Este modelo resulta insostenible en un mercado que ya no autorregula nada y ante una biosfera descontrolada que tampoco volverá al equilibrio. Todo se cimienta en el autoengaño, dentro de un sistema que transforma cualquier búsqueda de la verdad en una permanente incompletitud. A nuestra locura suicida no hace falta buscarla: ya nos ha encontrado.
Olvidamos también que no es natural alquilar el tiempo de un ser humano para que fabrique un producto que no desea hacer -y que acaso solo desearía poseer-, pero que pasará a ser propiedad de quien compró su jornada como si fuera una mercancía. El tiempo y el esfuerzo de una persona deberían consagrarse fundamentalmente a satisfacer las necesidades de su familia y su progenie. Para mitigar esta quiebra inventamos la conciliación laboral y familiar; una fórmula que sería idónea si el empleo fuera vocacional, pero que mayoritariamente no lo es. Para colmo, cuando los padres deben delegar el cuidado y la instrucción de sus hijos a una institución, carecen de libertad de elección en el sistema público. Solo pueden elegir en el ámbito privado, pagando con el dinero recibido a cambio de vender su propia vida: una compensación irrisoria. Este agravio podría enmendarse mediante un «cheque educativo» financiado por el Estado, que permitiera a las familias elegir libremente la escolarización de los jóvenes en una amplia mayoría de centros públicos o concertados.
Mientras tanto, las tierras arden, las sequías se prolongan, y las lluvias torrenciales y los aludes de lodo sepultan los pueblos. Las familias dedicadas a la producción de alimentos se sienten explotadas y, asfixiadas por la quiebra, abandonan los campos y sus hogares ancestrales. Ante este paisaje, ¿qué otra locura suicida nos aguarda?
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