Parton, musa por saturación
Murió Dolly Parton, que era una cantante y artista que retrató muy bien el pasmo postureta y retardado de muchos españoles de mediana edad, encantados de haberse conocido por creer que entendían todas sus claves iconográficas y lejanas, de las que era una portadora sobrecargada.
Parton murió con las botas puestas -las de ganadera vana, disconforme con una vida entre carbuncos, priones y nubes de polvo en suspensión robado a sus ancestros amerindios-, y con todo muy alto, como gusta a nuestros jóvenes tardíos de cultura visual profusa y espaldas combadas. Pero ella no empezó en el negocio de la imagen y la semejanza para captar a un público de filiación independiente que dispensara indulgencias de júbilo artificioso ante una construcción tan arquetípica de estar en y para el mundo, ni menos para los vítores de españoles arbitrarios que luego detestan la cola de charcutería o la visión de pedicuras en vivo. No, ella trabajó para eclipsar todo lo que hubiera a su alrededor, en esa manera tan americana de tomar las cosas a puñados, y que ha prendido aquí en su vertiente personalista con divergencia de iglesia etiópica; es decir, a falta de otros dones y arreos, por persona interpuesta, ora niños pequeños, ora semovientes que nadie pidió y cuya presencia en un espacio común se deslizó con calzador.
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